Dos doctoras en una
guardia del hospital terminan en la habitación
de los residentes explorando su sexo y deleitándose juntas
Estoy segura que al
leer estas líneas muchos de mis amigos sabrán quién es la osada que rompe con
los esquemas que nos impone la sociedad a las mujeres. Durante toda mi vida he
sido muy popular, será por mi carácter amable y alegre o porque, como me
dicen, tengo un cuerpo tan formidable que muchas veces a los chicos se les hace
imposible verme sin dirigirme la palabra.
Me llamo Margarita y al
momento hago mi residencia en el Hospital Primero de Mayo del Seguro Social.
Tengo 28 años.
Hoy quiero compartir
con toda la red una experiencia que me ocurrió no hace mucho, durante una
guardia en el Hospital Rosales, mientras hacía mi internado en Cirugía. La
noche había sido terrible y la faena ardua. De tal modo que a la una de la mañana
estaba tan cansada que ya no podía más y casi me derrumbaba por el sueño. Así
que para espabilarme un poco, salí del pabellón donde estaba de turno y me
dirigí a la cafetería del hospital por un café. El resto de la madrugada se
veía que iba a estar tranquilo. La emergencia estaba casi vacía, salvo por un
par de heridos que habían llegado recién y ya eran atendidos por algunos compañeros.
Llegué al cafetín,
pedí un café y me senté a paladearlo con toda tranquilidad. Rato después,
apareció por la puerta de la cafetería la doctora Osorio. Inconfundible por su
alta estatura y porte elegante y majestuoso. Era una residente de primer año de
medicina entonces y creo que ni se le cruzaba por la mente llegar a ser neumóloga.
Entró a la cafetería y pidió también un café y fue a sentarse a la misma
mesa que yo.
-Hola -dijo- ¿qué
tal?
-Aquí, tomando un
descanso -contesté.
-Sí, ¿verdad?. Estuvo
algo pesado el turno.
-Mucho.
Y seguimos tomando café
sin decir muchas palabras. La Dra. Osorio era una mujer en verdad soberbia. Era
la más alta de todas las residentes, y más que su estatura, destacaba en ella
una belleza envidiable. Era blanca, cabello castaño oscuro y ojos café claro.
Tenía un cuerpo espléndido y esbelto y un rostro de ángel.
- Oye -dijo sacándome
de mis reflexiones- ¿tú te llamas Ángela Margarita, verdad?.
- Sí, ¿por qué?
- Yo me encontré un
Manual de Terapéutica con tu nombre y... anduve averiguando de quien se trataba
para devolvérselo. Hasta ese momento, recordé que cuando cursaba la rotación
de Medicina Interna, durante un seminario dejé olvidado el libro en un asiento
del auditórium y que, cuando regresé por él ya no lo encontré. -¿En serio?,
no sabe cómo he buscado ese libro. !gracias a Dios que lo encontró usted!
-¿Sabes? -dijo- por
las señas que me dieron me imaginé que eras tú.
Se ruborizó al decir
aquello, y a decir verdad, yo también. Yo salí con una frase para desenredar
el embarazo del momento:
- ¡Qué gracioso!,
bueno, pero si ocupa el libro me lo entrega después.
-No -dijo- ya compré
uno. Así que hoy mismo te lo puedo entregar.
-¿Lo tiene aquí?
-Sí en la casa de
residentes. Si quieres vamos y te lo entrego allá. Asentí. En ese momento yo
ya había terminado mi café, pero ella aún tenía la mitad del suyo. Lo tomó
en sus manos y nos dirigimos al ala destinada a los médicos residentes.
Llegamos y entramos a un cuartito con lo más indispensable: una cama, una
silla, un escritorio y un armario. Ella se quitó la gabacha blanca aludiendo
demasiado calor y me instó a hacer lo mismo si gustaba. Yo le dije que no sentía
calor. -Veamos -dijo hurgando entre las cosas del armario- por aquí tengo tu
libro...
Estaba buscándolo a
una mano, así que dejó el café sobre el armario y se dedicó a buscarlo con
ambas. Revolvió y revolvió como loca el closet sin encontrar el dichoso libro.
En un movimiento brusco, el café cayó desde donde lo había colocado por mala
suerte, y se desparramó sobre la delgada blusa del traje celeste que llevaba
para los turnos. -¡Demonios! -vociferó -permíteme un segundo -me dijo. E
inmediatamente se sacó la blusa, dejando semidesnudo su plexo. El líquido había
traspasado con facilidad la tela de algodón y había ensuciado su brassier de
fino encaje. -¡Vaya! -dijo- ahora voy a tener que lavarlo antes que se le pegue
la mancha y sea difícil sacarla después... ¡Y se lo quitó! Se lo sacó sin más
ni más, como si en la habitación no hubiese nadie más que ella, como si mi
presencia no le incomodase en lo más mínimo. Sus senos blancos quedaron al
descubierto, trémulos, desafiantes, macizos, comandados por dos tetillas
rosadas erguidas generosamente. En ese momento yo no sentí más que admiración
porque la Osorio tenía unas tetas muy hermosas, tal como me gustarían que
fueran las mías. Los senos se le veían un poco irritados pues el café aún
seguía muy caliente. Para aliviar el ardor momentáneo, echó agua sobre ellos.
Al refrescarse, sus pezones comenzaron a tomar una solidez exagerada, como punta
de lanza y sus carnes se pusieron más firmes y tensas. Con delicadeza comenzó
a lavar la prenda en el lavamanos, y dijo: -Espérame un momento, Margarita. Ya
te voy a dar el libro... Al ratito salió con el brassier limpio, lo tendió de
un clavo, sacó otra blusa celeste, pero no se la puso, y en lugar de ello se
sentó a la par mía en la cama. Siempre he sido una mujer muy liberal pero
aquella situación me incomodó un poco. Ahí la tenía, con los senos al aire,
hembra magnífica. Se acostó en la cama, cubriendo su desnudez echándose la
blusa encima sin ponérsela, y dijo:
-¿Sabes?, me arde el
pecho por lo caliente que estaba el café...
-Sí, me imagino.
-¡Ay!, si supieras
como siento... -recalcó.
-Debe doler bastante.
-Sí...
Se quedó un buen rato
así. Yo no decía nada y ella, al parecer estaba a punto de ser vencida por el
sueño. Por fin dijo:
-Si quieres quítate tu
blusa...
Yo sabía hacia donde
nos estaba llevando con su actitud, ¿pero qué podía perder?. Además, acababa
de descubrir que aquello no me desagradaba en absoluto y eso sólo significaba
una cosa: me estaba gustando. Con poca prisa me saqué la blusa y el sostén y
me recosté al par de ella. -¿Sabes una cosa? -dijo.
-¿Qué?
-Me gustan tus senos.
-A mí me gustan los
suyos también -dije.
-¿Quieres tocarlos?
-preguntó.
-Si me deja...
-Hazlo... Y tomó mis
manos llevándolas a posarse sobre sus dos masas pectorales que se estremecieron
bajo mis manos que empezaron a jugar con ellos con mucha naturalidad y a
estimular sus pezones como si esa no fuera la primera vez que se lo hacía a
otra mujer. Rosario tenía los pechos más suaves y dóciles que yo había
tocado hasta entonces. Sus carnes se distribuían exquisitamente entre mis dedos
causándonos a ambas un enorme placer. Rosario gemía y respiraba profunda y
agitadamente, indicio que la excitación crecía cada vez más dentro de su magnífico
cuerpo. Aquello me encendió sobremanera y entonces puse en juego mi otra mano
también. -Vamos, Margarita -dijo- súbete encima mío.
Abriendo mis piernas,
me senté a horcajadas abrazando con mis muslos su pelvis y continué el
delicioso masaje pectoral al que la tenía sometida. Ella comenzó a acariciar
mis pechos también con sus manos blancas y estilizadas. Fueron pocas fracciones
de segundos las que ocupó para lograr que mis pezones se pusieran tan duros
como los suyos. En verdad soy una mujer que necesita muy poco para excitarse.
Sin embargo, en esa ocasión, con aquella hembra colosal me estaba probando una
experiencia diferente.
¿Sabe que puede
agrandar su pene usando sólo unos simples ejercicios y técnicas?
Todo lo que necesita son sólo unos pocos minutos al día y los
resultados son permanentes. Puede parecer difícil de creer, pero
funciona. Este método es 100% Natural, sin Bombas de vacío, Píldoras
o aparatos mágicos, y por supuesto sin Cirugía. Algunos hombres han
experimentado aumentos de hasta 10 cm.! Lo mejor de todo es que la
mayoría de ellos obtienen resultados dentro de las primeras 2 ó 3
semanas.
Ella pasó sus manos
delicadas detrás de mi cuello y me atrajo hacia sí y sus labios se fundieron
con los míos en un beso apasionado y violento. Casi me ahogaba al deslizar su
lengua dentro de mi boca, reconociendo con ella todos sus rincones. Con una de
sus manos revolvía mis cabellos mientras con la otra acariciaba mi torso
desnudo. Cuando soltó mis labios pude respirar por fin con un hondo y agitado
suspiro. Empero, ella no permaneció quieta ni un instante, me volteó y quedé
debajo de ella y su boca ávida siguió acosando de besos mi cuello, mis hombros
y la parte superior de mi pecho. La excitación había hecho presa de mí desde
hacía ratos, pero ahora parecía incontrolable, pues la doctora me encendía
cada vez más y más y una sensación ardiente comenzó a socabar mi pecho y mi
vientre. No era la primera vez que tenía sexo con una mujer. Por el contrario.
Ya entonces había perdido la cuenta de cuantas chicas habían probado junto a mí
los deleites del sexo puro y duro. Sin embargo, Consuelo tenía algo distinto,
algo especial. Ella estaba casada y ya tenía un hijo, y quizás mi excitación
consistía en que nunca lo había hecho con una mujer comprometida... y madre
sobre todo. Los pensamientos se arremolinaban en mi cerebro en un torbellino
desaforado sin orden, abruptos, locos, mucho más rápido que las sensaciones
que experimentaba bajo el influjo y el peso del cuerpo de la mujer sensual que
desparramaba sobre mi ardientes caricias y besos frenéticos. En la locura de
estar bajo el influjo de aquella hembra formidable, no supe de mí, del momento
en que ella nos desnudó por completo, sino hasta que ya tenía sus labios
pegados a mi vulva, metiendo lenta y profundamente su lengua dentro de ella. La
humedad y el roce me producía una mezcla de cosquillas, escalofríos y
estremecimiento indescriptible con palabras. Éramos, como se diría, dos
hembras fuera de lo común, haciendo de un lado la modestia. Ella, como ya la he
descrito, alta, espigada, bien proporcionada; yo de estatura media, rellena,
pero todo bien distribuido. En tanto su lengua literalmente trapeaba toda mi
vagina, comenzó a encajar uno de sus dedos en mi ano. ¡Fatal! Yo no sé si
ella estaba enterada, pero lo que más me enciende es eso: que me manipulen el
culo. Es algo que en un santiamén me pone a mil. Es el máximo placer que puedo
sentir de un hombre o de una mujer. Con eso logró llevarme al primer orgasmo
"en un dos por tres". Como entonces comencé a gemir alocadamente
(como siempre que voy a "terminar"), ella me tapó la boca
introduciendo en ella lo primero que cogió con la mano: la blusa que se había
manchado con el café.
Aunque yo ya había
alcanzado el orgasmo, Consuelo no paró de lamerme y chuparme la torta, era una
hembra pertinaz, resistente en lo que hacía. Ya la mezcla de mis jugos y su
saliva bañaban buena parte de sus mejillas y resbalaban entre mi ingle,
empapando las sábanas, pero ella continuaba con la succión. Una, dos, tres,
cuatro veces más me hizo explotar en oleadas orgásmicas, una tras de otra sin
control, estremeciendo por completo mi cuerpo. Por fin se cansó de las
chupaderas y distanció su boca de mi sexo. Sin embargo, aún su dedo seguía
enterrado en mi culo y fue entonces cuando éste entró en verdadera acción.
Originalmente lo había metido hasta la mitad, pero fue deslizándolo, rápida
pero suavemente hacia adentro, profundo, por completo, una y otra, y otra vez
hasta casi alcanzarme el fondo de mi pelvis. Aquí les confieso que muchas veces
antes he hecho el sexo anal. No era la primera vez, es más, hasta perdí la
cuenta de docenas de vergas que me han acometido por mi hoyito posterior. Sin
embargo, no sé que tenía Consuelo que solamente con un dedo me estaba llevando
mucho más allá del placer que me habían proporcionado antes. Lo atribuyo a la
excitación del momento, quizás o tal vez a la forma en que ella lo dirigía y
que sabía exactamente qué puntos tocar dentro de mi recto para hacer que me
desmoronara en un mar de deleites. En total me hizo alcanzar el orgasmo 8 veces
en un lapso de cinco minutos. ¡Un nuevo récord para mí!. Ella sacó el dedo
de mi ano, visiblemente agotada por el esfuerzo y se desplomó en la estrecha
cama. Aunque sabía que debía dejarla descansar unos minutos, la excitación
que tenía en mis adentros era tanta que no quería desaprovecharla: después no
sería lo mismo. Tiré el trapo que tapaba mi boca y sin decirle nada la volteé
boca abajo, le alcé las caderas dejándola en cuatro puntos y me apropié de su
vulva, embistiéndola por detrás. Desde el primer contacto, mis mejillas y mi
barbilla quedaron llenas de sus secreciones, que en ese momento ya eran
abundantes; mi lengua profanó aquella intimidad cavernosa hasta lo más
profundo. Mi excitación se multiplicó al millón al darme cuenta que, como
mujer que ya había tenido hijos, su vagina era más amplia, y me permitía
introducir buena parte de mi rostro por lo menos hasta la entrada y con mi
lengua podía explorar mucho más dentro que lo que había hecho con mujer
alguna. A todo esto, Consuelo era una gran muñecota blanca poseída por
demonios de placer que convulsionaban su esplendoroso cuerpo y lo hacían
estremecerse, gemir, y revolver las caderas como una loca, como nunca había
visto a nadie disfrutar. Era tanto el placer que su cabeza parecía un péndulo
descoordinado, instantes enterrado en las almohadas e instantes alzado y revolviéndose
como negándose a creer la inmensa satisfacción que estaba experimentando. -
Mete tus dedos, mi amor, mételos! -dijo en un instante que sus gemidos se lo
permitieron. - Yo introduje un par de dedos dentro de su vagina, teniendo que
disminuir la presión que mi boca ejercía dentro de su vulva.
- No, ahí no. -dijo-
¡en mi culo, mételos en mi culo! A diferencia del mío, su ano era más
estrecho, más firme, menos "usado". Por eso me costó un poco hacer
que mi dedo índice penetrara hasta el fondo. Pero el estímulo de algo dentro
de su recto fue haciendo que el esfínter aflojara poco a poco hasta que pude
con menos dificultad, meter otro simultáneamente. ¿para qué voy a explicar
con palabras lo que decía o como gemía locamente? Solamente imagínense.
Cuantas veces se vino, no sé. Solamente me di cuenta que su vagina manaba
caudalosamente un jugo hialino y ralo que prácticamente bañaba sus muslos y mi
rostro. Por fin, hasta el cuerpo joven y resistente de Consuelo tiene un límite
y por fin cayó, impotente de mantenerse en cuatro, sudorosa y exhausta. Yo tenía
un poco más de fuerzas, pero con lo que habíamos tenido bastaba para estar
satisfecha. Caí recostada sobre aquella diosa blanca, colosal y ardiente. Mi
"médico residente" hasta hace unos momentos y ahora, mi amiga, mi
mujer, mi amante. - ¿Sabes una cosa, Margarita? -me dijo
- ¿Qué? -pregunté
- Es mi primera vez.
- ¿En serio? Pues lo
hiciste muy bien.
- Sí, Hugo y yo vemos
películas XXX con frecuencia y allí he aprendido lo que te hice.
-¿Y desde cuando te
gustan las mujeres? -pregunté.
- Bueno... Fíjate que
al principio me repugnaban las escenas de sólo mujeres, después me eran
indiferentes porque ya me había acostumbrado a verlas, pero luego hasta me
gustaron, y la verdad es que nunca había sentido tanto deseo por una hasta que
te conocí. Ya me habían contado muchas cosas de ti y de lo que te gusta y por
eso me atreví. Las palabras que me dijo me hicieron reflexionar un poco sobre
mi "popularidad", pero sin llegar a la trascendencia de "debo
cambiar mi vida un poco, o tengo que moderarme, bla, bla", porque las
siguientes palabras me sacaron de mis pensamientos. - Y ¿sabes? No me
arrepiento de haber hecho lo que hice hoy. He quedado completamente satisfecha,
como nunca antes en mi vida, ni siquiera con mi esposo.
Eso era algo que he
escuchado infinidad de veces y ni siquiera hice un comentario. Ella continuó.
- ¡Lástima que sea la
última vez que lo hagamos!
- ¿Por qué? -pregunté
sin encontrar alguna causa por lo que no debiéramos seguir esa relación.
- Entiéndeme, soy
casada, tengo un hijo. Por el bien de mi matrimonio no debo seguir con esto.
- Está bien, como
quieras. -hice una pausa-. Debo regresar a mi servicio. Ya deben extrañarme las
enfermeras.
- Ok. Yo también. Nos
vestimos, tomé mi libro y salimos a nuestros respectivos lugares. Al volver, me
esperaba Diana, la enfermera de la Observación Mujeres evidentemente
disgustada. - Por qué se tardó tanto, Dra. Trejos? -dijo en tono sarcástico,
a pesar de ser buenas amigas.
- Porque tuve que hacer
un "procedimiento de emergencia", Srta. Alonso- contesté con la misma
ironía. Y me dirigí a seguir mis tareas. Diana me cogió por el brazo y me
hizo girar el cuerpo hacia ella, mientras me señalaba amenazadoramente con un
dedo. - Mira, Margarita. Te conozco muy bien y sé que algo te traes entre
manos. Tú me conoces también como soy y ten por seguro que si me estás engañando
con un hombre les va a pesar a los dos. Para aplacarla la empujé hacia el
cuartito de baño y dentro le besé en los labios unos instantes y le dije en
susurro: - No seas tontita. Te juro que no te estoy engañando con ningún
hombre.
- Más te vale. -dijo
un poco furiosa todavía y se largó. No pude menos que sonreír ante aquel
suceso, Ay, no sé porque a veces me gusta complicarme la vida...