Unos labios rojos,
húmedos, dieron la bienvenida a mi lengua, que pronto se perdió en unos
jugos ácidos y deliciosos. Lamí despacio, aumenté el ritmo, succioné aquel
néctar maravilloso...
Yo tenía
mi vida resuelta. Trabajaba en un hospital, tenía un buen sueldo, mi novio me
quería y empezábamos a pensar en boda... lo que toda mujer espera, o eso
crees... hasta que conoces a Anabel, y todo se te viene abajo.
Anabel empezó a trabajar en el hospital pocos días después que yo. Estábamos
en el mismo turno, éramos de la misma edad y nos lo pasábamos bien trabajando.
Buena compañera, divertida, emprendedora, dinámica... Consideré que tenía
suerte al coincidir con alguien así, ya que mis compañeras de turno eran
enfermeras sesentonas al borde de la jubilación.
Cuando teníamos turno de noche, nos lo pasábamos hablando, riendo y contándonos
nuestra vida. Me miraba fijamente, con esos ojos color miel, y confiaba
ciegamente en ella. Nos hicimos grandes amigas.
Una noche, cuando salimos de trabajar, me dijo que nos fuéramos a cenar juntas.
Mi novio estaba en su pueblo, con sus padres, mis amigas habían hecho planes
con sus parejas, y ante la perspectiva de quedarme en casa accedí.
Fuimos a un italiano. Bebimos vino rosado y hablamos de la vida, del trabajo...
Y con demasiado alcohol en el cuerpo, nos dirigimos a su casa. Quería que viera
un vestido que se había comprado... Y fui a verlo. Una vez en su casa, sólo
recuerdo que al entrar el ambiente me cautivó. Un aroma dulce y sensual me
embriagó, y ella despacio, se situó detrás de mí al cerrar la puerta. Me
cogió por la cintura y me susurró al oído: Belén, te deseo...
No hizo falta ni una palabra más. Me dio la vuelta, y comenzamos a besarnos. Sus labios eran carnosos, blandos, sensuales. Sus manos cálidas y suaves me
empezaron a acariciar los hombros, el escote, el cuello... En un movimiento
inconsciente mis manos se dirigieron a sus pechos, hinchados, turgentes,
explosivos. Empecé a tocarle esas monumentales tetas, le bajé los tirantes de
la camiseta y quedaron al descubierto. No puede evitar una fuerza en mi interior
que me ordenó empezar a lamerlos. Paseé mi lengua por sus pezones, duros,
provocadores. Los apreté entre mis labios, los acaricié con mis dientes... Mis
manos pronto necesitaron encontrar otro juguete. Bajé por su cintura, estrecha
y moldeada, y llegué a sus caderas, sinuosas e indecentes.
Bajé su
falda y acaricié su culo suave y erguido. Su tanga no tardó en bajar por sus
rodillas, dejando al descubierto un monte de venus desnudo, a mi merced por
completo. Mi lengua abandonó el calor de sus tetas, y se deslizó serpenteando
por su vientre plano. Llegué a sus ingles, y miré, ávida, ansiosa. Todo su coño
se abrió para mí. Unos labios rojos, húmedos, dieron la bienvenida a mi
lengua, que pronto se perdió en unos jugos ácidos y deliciosos. Lamí
despacio, aumenté el ritmo, succioné aquel néctar maravilloso...
Mis dedos encontraron por donde colarse, un gran hueco por el que se deslizaron
sin oposición. Movía la mano como una autómata, la lengua hacía rato que había
dejado de pertenecerme para pertenecer ahora a ese gran manjar... Comí hasta
saciarme, hasta necesitar un respiro... hasta notar como ese coño que me había
engullido tres dedos ahora se cerraba con gran fuerza en torno a ellos para
explotar en convulsiones rítmicas y brutales, en un soberano orgasmo que yo había
conseguido...
Juro que en aquellos momentos no escuché nada, no pensé en nada. Sólo sentía
algo en mi interior que me obligaba a hacer aquello... Desde entonces, ese coño
se ha convertido en mi obsesión, en mi dios... cada día necesito lamerlo,
tocarlo... y Anabel disfruta, y gime, y me pide que le siga dando tanto
placer...
Autor: viento del
este
solo_escucha_el_viento[arroba]hotmail.com