Soy de un lugar donde la gente es muy
conservadora y poco maliciosa, por lo
general casi todos los vecinos nos conocemos
y, por tanto, los lazos familiares siempre
son fuertes.
Yo vivo solo con mi madre, Lulita como la
llaman sus amigas. Es una mujer que admiro,
respeto y quiero mucho. Desde que yo tenía 8
años se hace cargo de mí, ya que mi padre
falleció en un accidente de trabajo y con
poco dinero del seguro y una propiedad
rural, mi madre invirtió en una
refaccionaria. Conocía el negocio bien, pues
ya había trabajado en una cuando estaba
soltera, así que es lógico que nos fuera
bastante bien. Mide 1.77 de estatura (según
su pasaporte), morena clara, cintura bien
delineada, busto pequeño pero bien
redondeado, ojos color miel, cabello negro,
cara del tipo infantil y con una nalgas
increíblemente bellas que acentúan su
cinturita y moldean unas piernas bien
ejercitadas y largas.
Mi vida sexual era normal, veía películas
con mis amigos, algunas experiencias
curiosas con mis novias y lo poco que veía
en revistas e internet. Mi curiosidad sexual
para ese entonces (25 años) ocupaba casi
todas mis fantasías, sueños y temores, pero
no había llegado aún a tener sexo completo
con una mujer, la verdad me da un poco de
temor.
Mi madre, quien nunca figuraba en esas
fantasías, sufrió repentinamente un problema
de salud por la falta de descanso; comenzó
con severas depresiones y cambios de ánimo.
Yo me hacía cargo del negocio todas las
tardes, negocio del que ya teníamos dos
pequeñas sucursales más. Mi madre llevaba
las cuentas y todo lo referente a los
inventarios y trámites administrativos, yo
simplemente superviso a los vendedores de
las 3 tiendas y trato con los proveedores.
Yo soy su orgullo, así que no era raro saber
que todos sus planes se vinculaban conmigo,
sin embargo jamás me mostraba su “yo”
oculto, sus sueños, ilusiones, o pasiones.
Su comportamiento en casa era normal, pocas
veces la vi en ropa interior o con ropa que
mostrara sus atributos provocativamente lo
que se reflejó en una relación sana entre
nosotros.
En esos días comenzamos a hablar cosas que
jamás tocábamos, sus mejores recuerdos, sus
peores momentos, sus sueños y muchas otras
cosas más. Su estado de ánimo cambió, era un
poco más abierta y franca, era más una amiga
que una madre.
Para complicar su salud, adquirió faringitis
y en consecuencia un dolor de garganta y
fiebre muy fuertes. La depresión volvió a la
carga y se volvió introvertida. Yo seguía
ataviado con el negocio, aprendiendo más
sobre su administración, así que me limitaba
a llevarle su medicina, mimarla un poco y
darle de cenar algo ligero y sin grasa, pues
no podía ingerir nada sin sentir dolor en la
garganta.
Al llegar el sábado por la mañana, mi madre
no puede localizar a la señora Fina, anciana
encargada de inyectar a media ciudad y
tampoco a su amiga Claudia, personas que
generalmente la inyectaban cuando se daba el
raro caso de que se enfermara, así que se
acostó temprano y trato de dormir. Al
mediodía la llamé por teléfono para ver como
seguía y pedirle unos datos, me indicó que
tenía fiebre y bastante molestia de la
garganta, por lo que había decidido que se
iba a inyectar ella misma.
–Estás segura de que puedes inyectarte sola?
–Que remedio, no puedo suspender las
inyecciones.
–Y si vamos a la farmacia, tal vez la que le
ayuda al doctor pueda inyectarte.
–No lo creo, además me da vergüenza.
–¿Y porque con Doña Fina no?
–Es diferente, esa mujer le conoce los
pompis a todo el pueblo.
Reímos un rato y seguimos buscando opciones:
la clínica, otras amigas e incluso le
hablamos a varias pero ninguna sabían
inyectar.
–¿Y si te inyecto yo?
–Tú no sabes hacerlo.
–Enséñame, que tan difícil puede ser.
–¡Y que aprendas conmigo!, no lo creo.
–¿Con quien quieres que aprenda?, ¿ayudando
a Dona Fina?
–Esta bien, trae la jeringa, alcohol,
algodón aquí tengo las ampolletas.
Me explicó como se prepara la inyección, que
es necesario limpiar el lugar del pinchazo
con alcohol y que la nalga (pompi como ella
le dice) se divide en 4 partes imaginarias,
debiendo inyectar la parte de arriba a la
derecha. El pinchazo debe ser fuerte pero no
violento, en fin todas las recomendaciones
pues le preocupaba su pompi.
Al decidir que todo estaba listo, se metió
al vestidor con movimientos torpes, se puso
un short bastante flojo y regresó a su cama.
–Listo, deja me pongo boca abajo.
–Yo revisé la jeringa revisando que saliera
un poco de líquido.
Entonces ella acomodada boca abajo en la
cama, con su mano izquierda sujetó el
elástico del short, titubeó un poco y luego
lo bajó despacio desnudando apenas la mitad
de su pompis derecha.
Fue entonces cuando descubrí que no tenía
nada bajo el short. Su pompi era
considerablemente más blanco que el resto de
su piel, firme y tensa por el momento, pero
muy carnosa.
–Recuerda que debes dividir en 4 el pompi y
poner alcohol antes de picar.
–OK!
Al frotar el algodón empapado en alcohol en
la parte del blanco, ella bajó un poco más
el short mostrando casi todo el pompi y la
división con el otro pompi. Me percaté que
ella no quería ver nada por miedo al
pinchazo.
Sujeté un poco su pompa levantando un poco
su carne y di el pinchazo, inyecté
lentamente el líquido blancuzco y al sacar
la aguja, presione con el algodón y masajee
un poco para evitar que se formara una
bolita con el medicamento inyectado. Le di
una nalgada y subí su short.
–Listo, ¿te dolió?
–Casi ni la sentí, tienes buena mano.
–Entonces le haré la competencia a Dona
Fina, ¿no crees?
–Tendrás que ser anciano para poder ver los
pompis de todo el pueblo.
–Bueno, no soy tan viejo y ya pude ver tu
pompi desnuda.
–Bueno... fue una emergencia, eres mi hijo y
además el hombre de la casa. A nadie más le
dejaría ver mi pompis.
Esas últimas palabras me causaron una
sensación muy extraña. Pensé en eso toda la
tarde y traté de olvidarlo.
Por la noche mi madre trató nuevamente de
localizar a Doña Fina pero era inútil, ella
estaba cuidando a una mujer mayor bastante
grave en una ranchería cercana, no podía
ayudarnos.
–Bueno señor de la casa. Creo que tendrá que
inyectarme de nuevo.
–Esta bien señora, pero le costará 30 pesos.
–¿Le cobrarás a tu madre?
–Eso cobra la señora por dos inyecciones.
–¿Y si no te pago?
–Esta bien, haré una excepción por esta vez.
–Menudo pillo tengo por hijo.
Mientras bromeábamos ella se encaminó a su
vestidor y se colocó un nuevo short. Al
repetir el procedimiento, se acostó y trató
de bajarse el elástico esta vez del pompis
izquierda, para su sorpresa el short era más
rígido y el elástico menos flexible.
–A ver déjame ayudarte.
–Esta muy duro, no logro bajarlo.
Lo sujeté con ambas manos y ella se despegó
un poco de la cama para ayudar, el short
cedió pero debido a la rigidez bajó parejo.
Podía ver ambas nalgas desnudas en un 80 %..
Mi madre se paralizó pero no dijo nada;
repetí los pasos, pero esta vez trazando una
cruz tocando su nalga y escogí el cuarto
indicado para pinchar.
–Listo señora, ¿le dolió?
–Nada doctor, es usted excelente.
–Gracias, de aquí en adelante yo seré su
doctor particular, ¿entendido?
–Sí doctor.
Le subí el short para cubrir sus nalgas
desnudas por varios minutos y ella
permaneció acostada.
–Doctor, olvida algo.
–¿Imposible?
–Masajear para que no se acumule el liquido
que me inyectó.
–Es verdad.
Vuelvo a bajar el short descubriendo
nuevamente su hermoso culo y esta vez más
abajo que antes, sobé la zona de la
inyección sin alcohol solo con dos dedos por
un minuto mientras me deleitaba con la
vista. Pensaba encontrar algunos pelitos
donde termina su vagina pero fue inútil no
se veía nada.
–Hemos terminado señora.
–Gracias de nuevo doctor.
Le di su nalgada y le subí el short.
El resto de la noche no pude dejar de sentir
esa sensación erótica que me invadía, estaba
excitado, vi desnudo el culo de mi madre con
su autorización y ella pareció no apenarse.
Toda la noche recordé la escena dormitando a
ratos, la razón era clara: me hipnotizó el
culo de mi madre.
–¿Cómo amaneciste mamá?
–Mejor hijo, solo que me sigue doliendo la
garganta aunque ya menos.
–Que te parece si salimos al cine, pasan
buenas películas, te distraerás un poco y ya
verás que te sentirás mejor.
–Me parece bien.
–Solo apúrate para invitarte a comer y de
ahí nos vamos.
–¿A comer?, y eso
–Bueno tu vas a pagar
–A no, si un hombre invita a una dama el
debe pagar.
–Solo que sea con trabajo porque mi jefa no
me ha pagado mi quincena.
–Esta bien, me rindo eres un pillo.
Salió de la cocina y tardó como 45 minutos,
al regresar venia carrereada buscando algo
sobre la mesa.
–¿Que buscas, mamá?
–jeringas desechables, parece que se
terminaron
–Dame dinero para ir a comprar una aquí a la
vuelta
–Ten, apúrate sino no alcanzamos a comer y
ver la película
–No me tardo
Al llegar a la farmacia a dos cuadras de
casa, me encontré con unos amigos y
platicamos un poco sobre tonterías. Al notar
mi retraso me despedí rápido y salí
corriendo.
–Ya vine.
–¿Porque te tardaste?, ¿la encontraste?
–Sí compre 6.
–Creo que no vamos a llegar.
–Cámbiate, te inyecto y nos vamos.
–¿Cambiarme? Ya no hay tiempo, prepara la
inyección.
Sin saber que quería hacer preparé la
inyección y probé la jeringa derramando unas
gotas. Mi madre me indicó que la siguiera,
llegamos a la sala y me indicó que me
sentara, se coloco sobre el sillón pero de
pie y por su posición asumí que debía
inyectarla ahí mismo.
–¿Aquí te voy a inyectar?
–Si apúrate.
Levanté su falda rápidamente hasta su
cintura, llevaba puesto un discreto bikini
blanco que le cubría casi todas su nalgas,
pero era algo transparente. Ella con sus
manos fijó la falda levantada a la altura de
la cintura. Temblando sujete su bikini, y lo
jalé hasta librar sus dos nalgas. Por la
posición el bikini se deslizó apenas
librando ambas nalgas.
Increíble, tenía ante mi un culo blanco.
Podía percibir apenas la orillita de su
concha depilada y aprisionada por sus
nalgas. El ano no era poco visible, así que
cuando seleccione la nalga y trace la cruz
para dividirla, agarré la nalga derecha y la
sujete para inyectar, en ese momento se
descubrió el ano pequeñito, morenito y
delicioso. Terminé de inyectar.
–No olvides sobar señor doctor.
–No señora.
Sobé un minuto aproximadamente apreciando
aquel paraíso. Dejé la jeringa en la mesita
de un lado y le subí el bikini mientras ella
se incorporaba.
Al llegar a su lugar acomodé el elástico
sobre su cintura y el de sus nalgas. Al
terminar ella dejó caer la falda y se
volteó.
–Gracias señor doctor, es usted un maestro,
no me dolió nada, sin embargo olvido su
nalgada.
–Perdón es por los nervios.
–Olvídalo yo tuve la culpa, creo que viste
más de lo que verás en el cine.
Sin darme cuenta me sonroje por la pena.
–No te apenes, el cuerpo es algo hermoso y
natural, además confío en ti y recuerda que
debemos cuidarnos mutuamente, no tenemos a
nadie más
–Así es.
–Vámonos señor doctor o no llegaremos a la
película
Pasamos toda la tarde recorriendo unas
tiendas de ropa de mujer, vimos dos
películas, cenamos y en cada momento mis
pensamientos estaban absortos en esa
excitación, en ese erotismo. De reojo,
cuando no podía verme, admiraba a mi madre,
aún joven, bien formada, seria y cariñosa.
Estaba orgulloso de ella y también algo
atraído.
Al llegar a casa nos duchamos, cada quien en
su baño y nos pusimos en ropa de dormir
reuniéndonos en la sala para ver TV.
–Mamá, ¿porque dices que soy el hombre de la
casa?, no la mantengo.
–No tienes que hacerlo para ser el hombre
–No entiendo
–Quiero decir que varón en esta casa, tienes
autoridad y el derecho para opinar, tomar
decisiones y cumplir con tus deberes, ya
eres todo un hombre.
–Que deberes?
–Cuidarme, mimarme, protegerme y curarme
como lo haces ahora.
–¿Porque preguntas tanto?
–Es que me siento un poco raro?
–Por lo de las inyecciones?
–Sí, es que verte así…. nunca lo había hecho
–Tampoco yo me acostumbro del todo, pero era
necesario que vieras mis pompis desnudos
para poder inyectarme y cuidarme como lo has
hecho; además, te diré algo, estoy orgullosa
de mi cuerpo y lo cuido para que luzca
hermoso, por eso me ejercito a diario.
Cuando vivía tu padre me decía que era muy
hermosa, me veía desnuda mientras dormía
acariciándome tiernamente, nadie más, aparte
de Fina, me había visto desnudos mis pompis,
hasta ayer. Pero al no estar tu padre, creo
que tienes derecho de verme porque eres
además de mi hijo, el hombre que me cuida
–¿Entonces no es malo que yo te vea desnuda?
–No lo es, solo cuando yo te lo permita.
-¿Que sientes al respecto?
–Mucha excitación, nunca había visto a nadie
desnuda
–Te diré que sentí un poco de pena pero
ahora estoy más tranquila porque lo hablamos
–¿Tu que sentiste cuando te desnudé tus
pompis?
–Lo pensé mucho antes de hacerlo pero al
saber que me estabas viendo me excité un
poquitín. Dime, ¿qué viste exactamente?
—Tus pompis, tu ano y parte de tu conchita
–Bárbaro, ¿viste todo eso en unos segundos?
–Si, ¿estuvo mal?
–No, viste lo que yo te permití ver, es muy
natural.
La conversación siguió así, nuestra
excitación crecía pero también nuestra
confianza. Después nos concentramos en una
película de la TV y guardamos silencio hasta
tarde.
–Señor doctor, es hora de que me inyecte y
se vaya a dormir.
–Sí señora.
Para mi sorpresa la inyecté apenas viendo
media nalga. Decepcionado me fui a acostar.
El resto de las inyecciones fueron iguales y
finalmente recuperó su salud.
Después de algunos meses mi calentura
desapareció. Éramos como antes, solo que más
unidos. Cierto día en la cocina después de
hacer cuentas, mi madre lavaba los platos y
yo los ponía junto a ella. Sin saber porque,
le di una nalgada suave sobre su falda de
franela.
–Uyyy, ¿y eso?
–Me la debías. Voy con mis amigos un rato y
regreso.
–OK!, dame mi beso y pórtate bien.
Al acercarme para darle un beso, ella no
volteó, de espaldas a mí tome su cintura con
ambas manos y besé en la mejilla recargando
mi cuerpo en su espalda. Ella estaba
inmóvil.
Sin saber que hacer, recuperé la vertical y
despegué mi cuerpo. Ella volteó y mirándome
de reojo sonrió un poco y pícaramente me
preguntó.
–¿Sucede algo? No me atreví a responder.
–Por favor, dime lo que estas pensando en
este momento
–Me apena
–Recuerda que no tenemos secretos
–Estoy excitado, al tocarte con mi cuerpo me
sentí extraño y recordé tus pompis desnudas
–Esta bien hijo, las hormonas te gobiernan,
lo que quiere decir que estas listo para una
mujer
–Desgraciadamente aún no la encuentro y dudo
que llegue pronto, hasta hoy, a mi edad lo
único que he visto desnudo son tus pompis,
qué ironía
–Oye…. mis pompis son hermosas, más que las
de esas jovenzuelas que conocerás
–Si pero no cuentan, son las pompis de mi
madre y las vi por emergencia
Mi madre sin voltear se quedó callada.
Admiraba su hermosa cintura y el bulto de
sus pompis sobre la falda.
–Tienes razón, fue una emergencia, pero en
este momento parece que el de la emergencia
eres tu
–No entiendo
–Anda travieso, satisface tu curiosidad,
súbeme un poco la falda y disfruta un poco
de la vista de mi pompis pero sin bajar mi
bikini
Asombrado por lo que acababa de oír, me
retiré un poco hacia atrás y miré su trasero
oculto por la falda de franela roja. Ella
seguía concentrada lavando los platos. Me
hinqué, coloqué mis manos sobre los extremos
de su falta, la subí hasta descubrir sus
muslos, continué subiendo y aprecié el
paisaje de su bien formado trasero. Mi madre
tomó la falta y la jaló hacia su frente
presionándola entre su vientre y el
lavaplatos. Su culo estaba totalmente
disponible, apenas oculto por una prenda
transparente que dejaba ver su raya.
–Y bien, ¿qué opinas?
–Es muy hermoso tu trasero Lulita
–¿Quieres ver un poco más?
–Por favor
–Anda mete mi bikini entre mis pompis y toca
un poco
Obedecí, jalé los extremos y lo metí entre
sus pompis, sus nalgas estaban desnudas.
Acaricié en círculos apretando un poco.
Masajeé por un rato aquellas nalgas duras y
carnosas.
–Bueno señor de la casa, creo que es hora de
que me deje como estaba
Antes de desistir, me armé de valor y metí
la mano entre sus nalgas recorriendo la
vagina. Detecté sobre la prenda cierta
humedad pero nada de bello púbico.
Finalmente retrocedí, reajusté el bikini a
su posición original y bajé su falda. Sin
decir más me disponía a salir de la casa
cuando escuché
–Luego platicamos.
Ya con mis amigos conversamos de algunas
cosas y derivamos en política. Al cabo de un
rato caminaba hacia el parque completamente
solo. Sin hacer nada pensé y pensé lo
sucedido sin entender que pasaba. Finalmente
no me preocupaba, solo me excitaba. Al
volver mamá limpiaba la alacena y pude
apreciar que la cocina brillaba.
Fui a mi cuarto y de ahí al estudio. Algo
inquieto salí al patio y me senté en la
mesita de campo a meditar. Podía ver a mi
madre moverse en la cocina sin que ella me
viera. La vi desplazarse a su habitación y
encenderse la luz del baño.
Entré y decidí bañarme yo también para la
cena.
Salí de la ducha, me coloqué un short sin
trusa debajo (pues aún estaba excitado) y
sin playera fui al estudio a revisar mi
correo electrónico en la computadora. Estaba
absorto en internet cuando Lulita entró
–¿Qué haces?
–Checo mi correo
–¿Quieres algo especial de cenar?
–Lo que tu desees esta bien, casi no tengo
hambre
–OK
–Lulita…..
–Sí?
–Nada
Cenamos unas quesadillas platicando de
trivialidades. Parecía como si yo estuviese
recién regañado, estaba serio, corto y
distante. Terminamos, colocamos los platos
en la tarja y me dijo
–Luego los lavo, ¿ahora podemos hablar?
–Sí, ¿donde?
–En la sala
Caminamos a la sala y ambos nos sentamos en
el sillón grande frente a la TV. No
encendimos el televisor. Lulita me miró y
comenzó la plática.
–¿Como te sientes?
–Extraño de nuevo
Sin dejar de mirarme calló unos minutos
eternos para mí
–¿Quieres preguntar algo?
–Es un poco íntimo
–No importa
–¿Te depilas tu monte de venus?
–Sí, me siento más libre y limpia, ¿cómo lo
notaste?
–Al tocarte sobre el bikini sentí tu piel
sin bello
–Me gusta depilarme todo el cuerpo, lo hago
desde adolescente, ¿y tu?
–No.
–Deberías rasurarte, es más higiénico.
–Me da un poco de miedo, es una zona
peligrosa.
–Si no te apenas yo puedo hacerlo.
–No, yo lo haré.
–Desconfiado ehhh.
Esa misma noche y con ayuda de un espejo y
en una posición bastante incomoda me rasuré
todo, quedó como de recién nacido. Aproveché
y recorté un poco el bello de mis axilas. Me
apliqué talco y decidí dormir desnudo.
En la mañana, después de la ducha, encontré
a Lulita aplicada en la estufa con una larga
bata rosa y el pelo aún mojado
–¿Te salió agua caliente amor?
–Tibia, creo que casi te la acabas
–Sorry
–Qué tal te fue, ¿te rasuraste amor?
–Anoche, es bastante más difícil de lo que
parece
–Es cuestión de acostumbrarse, yo lo hice
hace unos minutos sin ningún problema
–Aún así, tardé casi una hora
–Y ¿cómo quedo?
—Como bebé.
–Haber déjame verte.
—¿Quieres que te lo muestre?, creo que no,
me da pena.
–Yo te mostré mis pompis recuérdalo.
–No me convences.
—Mira, para que te tranquilices, me muestras
como te quedó depilado y yo te muestro mis
pompis, ¿de acuerdo?
–No me parece justo, yo ya conozco tus
pompis y tu no conoces lo mío
—¿Entonces que te parece justo?
—Muéstrame tu conchita depilada y yo te
muestro lo mío, así ambos estaremos en
igualdad de condiciones.
Se quedó pensando y finalmente…….
–Está bien, ¿cómo lo haremos?
–Me acuesto en la alfombra y tu me revisas,
luego lo hacemos al revés
–Es un poco bochornoso, ¿no crees?
–Entonces ¿cómo?
–Los dos al mismo tiempo. Te acuestas boca
arriba y te tapas los ojos, yo me coloco
sobre ti en 69 y te aviso, tu te descubres y
me ves mientras yo te descubro y te veo.
–Esta bien
Me acosté en la alfombra de la sala sin
quitarme el pans, cerré los ojos y esperé
–Ya me quité mi bikini, me verás cuando
levantes la bata de baño, y ¿tu calzoncillo?
–No traigo ropa interior
–Guuuaaauuuu, nada más me coloco en posición
y te aviso
Tomamos posiciones con movimientos algo
torpes y risas de nervios.
Al estar en 69, despegados (ella estaba de
perrito y yo acostado) me dió la señal.
Comenzó a bajar mis pans cuando asomó mi
pene en vertical.
Lulita siguió bajando mis pans hasta llegar
a las rodillas.
–Quedó como bebé, limpio.
Con angustia subí su bata colocándola sobre
su espalda, su culo estaba desnudo y su
concha impecable como ella dijo. Sentí su
cálida mano sujetar apenas mi pene y moverlo
a los lados
–Es hermosa la vista, ¿cómo te sientes ahora
que no tienes bello?
–Con algo de frío y cierta excitación
–La excitación se debe a lo que estás
viendo, y no a tu depilada
Yo animado por su caricia, comencé a subir
por el muslo hacia su concha, la toque
apenas rozando sus pliegues y ella se
estremeció notablemente. Su vagina estaba
rosadita, estrecha pero ligeramente abierta.
Lulita acariciaba mis huevos calvos dándole
un masaje a una mano y con la otra se
sujetaba para no caer. Mientras, yo
exploraba con ambas manos las zona, abrí sus
labios apreciando un punto de líquido
viscoso que caía lentamente por la gravedad,
era sumamente brilloso con la consistencia
de la miel. Lo atrape y unte por su raja
tocando ligeramente el clítoris.
–Ahhh, no lo toques mi amor, solo observa
–Puedo chuparlo con mi lengua Lulita
–No amor, debemos controlarnos
Seguí tocando su vagina a dos dedos sin
excitarla mucho, mientras con la otra mano
recorría su raya en busca de su ano. Lulita
pareció inmovilizarse un momento, luego con
un dedo tocaba la cabeza de mi pene
totalmente duro. Embarraba unas gotitas de
liquido seminal que brotaban lubricando la
cabeza. Al rozar con mis dedos su ano, sentí
su estremecimiento, lo acaricie en círculos
sin violarlo. Tomé un poco de líquido
vaginal y lo aplique alrededor de su ano con
mucha delicadeza.
Podía sentir sus espasmos. Lulita seguía
acariciando discretamente mi pene.
Sin pensarlo, mis dos dedos jugaban en su
vagina de un extremo a otro lubricados por
abundantes líquidos pero tocando a propósito
su clítoris ahora hinchado. Ella respiraba
agitada. De pronto, volvió del placer y
acarició mi pene en un delicado sube y baja
muy lento, acariciaba mis huevos y jalaba mi
pene hasta el limite.
–¿Puedo chupar tu concha Lulita?
–No amor, estamos en el limite, solo tócalo
y disfruta de la vista
–Por favor Lulita, chupa mi pene un poquito,
solo chúpalo, yo no haré nada
Mi madre se recostó sobre mi cuerpo y se
retrajo un poco para alcanzar con su boca mi
pene, automáticamente abrió un poco más las
piernas y mi vista mejoró. Pensando que no
se daría cuenta, retiré mis dos dedos
retozones de su vagina y toqué con la punta
de mi lengua.
Mi madre, recorría con su lengua mi tronco,
sujetaba los huevos y los chupaba, volviendo
de nuevo al tronco. Mi lengua en cambio se
aventuraba en un vaivén por su vagina,
saboreando sus jugos. De pronto sentí el
calor de su boca en la cabeza de mi pene, lo
chupaba como queriendo extraer su contenido.
Poco a poco bajó hasta engullir lo que su
boca permitía y después de un segundo
comenzó a mamarlo sin ritmo. Sus dientes y
lo fuerte que lo apretaba con la mano me
lastimaban pero la excitación era total.
–Pero ¿qué hago?, por Dios
Dicho esto se incorporó de golpe, se tapó
con la bata y comenzó a llorar, corrió a su
cuarto y dió un portazo. Yo estaba asustado,
no sabía qué hacer. Decidí esperar a la
mañana siguiente.
El ajetreo del trabajo me ganó y no pude
verla en la mañana. El día fue pesado y todo
parecía salir mal. Abatido e intrigado
llegué a la casa a las 9 de la noche. Busqué
y descubrí que Lulita seguía en su
habitación.
Armado de valor toqué un poco y no contestó.
Llamé con más fuerza y nada, decidí forzar
la puerta cuando descubrí que estaba sin
llave. Entré de golpe ya asustado y ella se
incorporó, llorando trató de huir y la
sujeté con fuerza, la abracé por largo rato
acariciando su cabello. Aún seguía con la
misma bata. Levanté su cara roja y sequé sus
lagrimas, le sonreí buscando lo mismo sin
éxito.
–Me asustas Lulita
–Soy una tonta, una inmoral, un animal en
celo
–No eres nada de eso
–Lo que hice es una aberración, es incesto
–Podemos olvidarlo y aquí no pasó nada
–Me siento sucia, avergonzada
–Escúchame bien Lulita, solo tu y yo lo
sabemos, nadie más. Si estamos de acuerdo
podemos olvidarlo. ¿OK?
–Creo que quiero estar sola. Te prometo que
me calmaré.
Con el tiempo, todo volvió a la normalidad,
seguimos siendo madre e hijo.
Cierto día, tras una semana muy pesada,
estábamos en casa y me dijo que quería
descansar el fin de semana, así que como era
sábado, se tomó un fuerte sedante y se fue a
acostar. Yo me quedé en la oficina navegando
en internet. Al poco rato me pareció
escuchar un ruido y fui a revisar, vi su
puerta entreabierta y me asome. Dormía a
pierna suelta, llevaba una bata acolchada
rosa y sus pantuflas aun puestas. Me acerqué
y le quite sus pantuflas, la acomodé y le
besé la mejilla. Seguía perdida.
Sin saber porqué, me senté en el borde de la
cama y la observe largo rato.
Animado por su profundo estado levanté un
poco la bata y vi sus pompis, no llevaba
nada debajo. La subí hasta descubrir su
espalda y observe su culo desnudo. Salí de
la habitación y fui a la oficina, traté de
olvidarlo sin lograrlo. Regresé y la observé
por un tiempo, me senté junto a ella y
acaricié sus nalgas.
Son muy blancas, carnosas y firmes. No
presentan ninguna cicatriz y el ejercicio
las tiene en excelente estado.
El domingo se levantó algo tarde y tomó un
largo baño. Su humor era excelente...
Con el tiempo me hice de una amiga que le
presenté como mi novia, se llama Mary
Carmen, es muy bonita de cara pero escasa de
lo demás. Su carácter es muy alegre y
siempre andábamos juntos. Mi madre parecía
tratarla muy bien y ella se sentía bien en
casa, pasábamos mucho tiempo en la oficina
navegando en internet. Cierto día mi madre
me sorprendió besándonos pero con mi mano
bajo su falda, no dijo nada, solo se fue a
su cuarto. Mary, algo apenada se despidió en
voz alta y se marchó.
Yo estaba a mil, sin embargo no pude hacer
nada.
El comportamiento de mi madre comenzó a
cambiar y incluso me pidió que no la llevara
más a la casa, que le molestaba su
presencia. Mary se puso algo triste y
después de mucho platicar me pidió que
rentara un departamento y me saliera de
casa, así podría yo hacer mi vida normal sin
ser molestado y seguiríamos viéndonos a
diario. Le prometí pensarlo.
Cuando le conté a mi madre esta posibilidad
enmudeció y nada que dijera la consolaba. En
casa todo fue silencio unos días.
Mary era muy tierna, yo algo cariñoso.
Cierto día la llamé para ir al cine,
platicamos y me convenció de acompañarla a
comprar unos vestidos.
Aburrido la acompañé de tienda en tienda,
tardaba horas para comprar algo.
Lo único que me gustó fue un vestido corto
de color negro. Ella lo notó y se decidió a
complacerme.
—Mañana me lo voy a poner especialmente para
ti.
—Pero mañana tengo inventario en la bodega.
—No importa igual me lo pongo. Para no
alargarlo, no pude contar ni un tornillo. La
devoré a besos, sin quitarle su vestido la
despojé de su bikini rojo y la recosté en
una colchoneta.
–¿Que vas a hacer?
–Voy a chuparte tu conchita
–Yo también quiero chapártelo.
Sin pensarlo, me desnudé y me puse debajo,
ella se colocó encima en 69 con el vestido
puesto pero sin ropa interior. Mientras
devoraba su concha ella engullía torpemente
mi pene. Notaba que estaba asustada pero
disfrutaba a cada minuto que pasaba. Después
de soberbias mamadas, me vine en su boca.
Ante la sorpresa, derramó algo de leche pero
se tragó la mayor parte.
Así seguimos algunas veces más. Pero el
tiempo pasó y no me atreví a salir de casa.
Lulita era otra, en cuanto al negocio seguía
siendo mi mamá, pero ya no platicábamos, no
salíamos y mucho menos comíamos juntos.
Cierto día, mientras como de costumbre
lavaba platos, noté que se había cortado el
pelo y teñido de rubio, se veía diferente,
muy atractiva. Sin pensarlo dos veces, me
acerqué a ella y la tomé de los hombros, le
di un masaje suave y ella lo disfrutó.
–Ahhh…. que rico masaje, síguele amor.
Seguí apretando sus hombros y recordé
aquellas hermosas pompis que extrañaba ver.
Sin pensarlo mucho baje rápidamente la mano
y acaricie su nalga derecha. Sin recibir
queja acaricié ahora ambas nalgas,
apretándolas ligeramente.
–¿Puedo verlas un poco?
–No amor, esta vez no.
–¿Porqué?
–Estoy en mi periodo.
Al día siguiente, fuimos a revisar una
mercancía que acababa de llegar para
inventariarla. Al terminar estaba algo
exhausto y bañado en sudor.
Regresamos a casa y fui a la cocina a beber
un refresco. Me senté en la silla del
comedor y encendí la TV chica sin ver nada
en particular. Lulita entró y se dirigía al
refrigerador. Al pasar frente a mi, noté que
sus senos presentaban una fuerte erección de
pezones. Me llamó mucho la atención pero lo
atribuí al calor.
Varios días después mientras capturaba los
movimientos de una de las sucursales en la
oficina de casa, entró silenciosa y se
colocó a un lado de mi sillón. No le presté
mucha atención pues pensé que al ver en qué
trabajaba se retiraría. Nada más equivocado.
–Ya no estoy reglando.
Volteé y la miré, no entendía que quería en
ese momento.
–Ese día me dió pena porque debido a mi
periodo, llevaba mi toalla sanitaria, por
eso no te dejé ver mis pompis.
Enseguida observé a detalle. Llevaba un
short rosa de una tela como toalla, una
blusa sin mangas de color blanco en la que
percibía nuevamente sus pezones muy erectos,
estaba descalza sobre la alfombra y lucía el
pelo húmedo, lo que confirmaba que recién
había salido de ducharse.
–¿Puedo ver tus pompis desnudas?
–Esta bien.
Se acercó más y se dió la vuelta, tomé los
extremos del short y lo bajé suavemente. Su
culo asomó desnudo, no traía ropa interior.
–Puedo tocarlas un poco.
–Sí solo un poco.
Terminé de bajar su short hasta que cayó al
suelo. Acaricié sus muslos subiendo hasta su
culo. Lo toqué suavemente por largo rato.
Bastante caliente, me atreví a subir su
blusa por la espalda y la atoré a la altura
de sus hombros. Acaricié su espalda
deliciosamente pasando por sus nalgas y
muslos en muchas ocasiones. Lulita parecía
disfrutarlo como si se tratara de un simple
masaje.
Yo seguía sentado sin creer mi suerte.
–¿Sigues rasurándote tu entrepierna?
–Sí, pero créeme que aún no muy bien, ya que
me da miedo cortar de más.
–Si quieres puedo rasurarte aquí mismo, para
que quedes como bebe.
—¿En este momento?
—Porque no, solo tengo que traer del baño
las cosas y listo
—Bueno.
—Quítate el short y tu bóxer, no tardo.
Sin decir más, me dejó helado. Se volteó
mostrándome desnudo su vientre y casi todo
porque aun llevaba tapados los senos con el
resto de la blusa.
Al comenzar a caminar hacia la puerta de la
oficina, se bajó la blusa hasta casi medias
nalgas, dejándome apreciar el contorno de su
figura y esas piernas maravillosas.
Obedecí y apenas me quité el bóxer, regreso
rápidamente. Traía mi crema de rasurar, una
navaja de afeitar, talco, unas tijeras y una
toalla. Me sentó en la silla y se hincó
frente a mí. Aún seguía desnuda de abajo y
sus pezones erectos.
–Espérame un poco y te dejo como bebé.
–Pero con cuidado, eh, solo tengo uno.
Con gran destreza y unos 15 minutos, me dejó
lisito. Limpió delicadamente mi pene y
huevos con la toalla húmeda y finalmente con
el otro extremo secó toda el área.
–Listo.
Apartó las cosas y comenzó a revisar a
detalle. Acariciaba mis huevos sintiendo su
suavidad, mi pene realmente impecable y
debido a la caricia, en franco crecimiento.
Al llegar a la erección, Lulita lo observaba
sin perder detalle, se acercó y lo acarició
con su mejilla, lo retiró sin dejar de
sujetarlo, lo miró un poco y finalmente se
puso de pie.
–Puedo verte totalmente desnuda Lulita.
–¿No crees que hacemos mal?
–No lo creo, podemos vernos desnudos y
tocarnos sin que nada pase.
Podemos confiar el uno en el otro.
—Esta bien
Sin mucha charla se quitó la blusa y cruzó
sus brazos tapando sus senos.
Yo retiré mi playera y me acerqué a ella.
Sin pensarlo se abrazó rápido a mí y la
abracé. Poco a poco acaricie su espalda, sus
nalgas y su cabello.
Ella se animó y me acarició de igual forma,
apretando mis nalgas. Metió una mano entre
nosotros y acarició mis huevos y mi pene en
forma intermitente. Yo la imité y acaricié
su entrepierna sin lograrlo muy bien debido
a que sus piernas estaban muy juntas. Al
notarlo las separó un poco y logré tocar
aquellos labios húmedos y calientes. Comencé
a acariciarle su vagina hasta identificar el
clítoris. Sus espasmos empezaron pero ella
seguía aferrada a mis huevos.
Mientras la masturbaba, ella abría
ligeramente más sus piernas. Su agitación
creció, disfrutaba mucho. La sujeté y le di
la vuelta. Ahora su culo sentía la presión
de mi pene y su cuerpo se recargaba en el
mío.
Volvía a colocar mi mano y seguí
masturbándola. Con la otra mano acariciaba
sus pechos dirigido por las manos de ella.
Mientras la deleitaba, mi erección era
total. Ella giró y volvimos a quedar de
frente, tomó mi pene y despacio comenzó a
masturbarlo. Apenas se apartó lo suficiente
para observar esta tarea. Mis manos
sujetaron sus senos y pellizcaron sus
pezones ahora enormes, muy hinchados.
Finalmente me vine y con mi trabajo poco
después se vino ella. Quedamos abrazados
largo rato y decidió que era hora de la
cena.
–Quiero que el resto de la tarde no te
vistas, quiero verte desnuda por toda la
casa. No me obedeció del todo pues mientras
guisaba se puso su mandil, pero de espaldas
me daba una vista hermosísima de su culo y
en ocasiones una sonrisa cómplice.
Casi a diario nos masturbábamos y fajábamos
pero sin llegar a coger. Casi siempre
masajeó su vagina con mi pene, pero solo dos
veces la he penetrado y créanme fue
fabuloso. Otras veces me aplica una mamada
de verga fenomenal o un masaje con cremas
aromáticas muy sensual. Seguimos siendo
madre e hijo.
Espero que no nos juzguen, nos gusta vivir
así.
Autor: stuka
stuka15[arroba]hotmail.com