La Doctora Sexo con la
ayuda de su enfermera tenía la solución perfecta para
los problemas sexuales por los que estaba pasando este matrimonio
La verdad es que costó mucho
que mi marido me convenciera de la conveniencia de acudir a la cita con aquella
enigmática mujer. La Doctora A.J.T., más conocida como la doctora sexo por sus
milagrosas soluciones a los problemas sexuales. Aquel anuncio, en la tercera página
de un periódico local lo decía bien claro: "Si tiene un problema sexual
no se amargue la existencia. Acuda a mí".
Somos un matrimonio bien avenido. Él tiene
29 y yo tengo 24. Soy rubia, de pelo largo y ondulado, mido 1,70, así que me
considero bastante alta, sobre todo cuando llevo tacones de aguja como el que
llevaba el día que fui a ver a la doctora. Tengo una línea bastante
apetecible, ojos verdosos, cara ovalada, nariz recta, labios sensuales. Siempre
me he considerado un bombón y no me han faltado pretendientes y he disfrutado
del sexo con mi marido y. ¡Uy! ¡Que se me escapa!. Bueno, con otros hombres.
Desde hacía meses, no sé, no me corría. Lo
intentaba disimular a mi marido, pero es inútil intentar ocultarle algo así.
Hace unas semanas me propuso visitar a la doctora sexo y yo, finalmente, después
de pensarlo mucho, acepté.
Tocó mi marido al timbre en una puerta en la
que había una triste indicación "Consultorio erótico". Nos abrió
una chica enfermera, que parecía vestir algo así como un uniforme de
enfermera, blanco, pero la verdad es que, a bote pronto, a mí me pareció una
puta. Era bajita pero delgada, de cuerpo gracioso, de curvas marcadas. Su falda
dejaba asomar unos muslos gorditos y bien contorneados. Era dulce explosiva. A
mi marido se le iban los ojos detrás del meneo del culo. Le dí un codazo.
- ¿Los señores P.? Pasen a la salita por
favor.- Sus tobillos asomaban desnudos de las zapatillas y la pierna se alzaba
depilada hasta ocultarse en la falda. Tenía dos pechos de los que se podían
ver su magnitud por lo profundidad del canal. Su pelo era azabache, como el
color de sus ojos.
Nos condujo hacia una salita y al cabo de un rato, nos llevó hasta el despacho
de aquella mujer, de cuya pared sólo colgaba un titulillo dado por una academia
que nadie conocía y para colmo, escrito en inglés.
La doctora nos rogó que nos sentáramos y al fin levantó la cara de un libro
viejo que parecía de medicina. Era una mujer de unos treinta y cuatro años,
rubia de pelo lacio que peina con una coleta larga, con la frente surcada por
las primeras e incipientes arrugas, de ojos azules.
Llevaba una bata blanca abrochada, gafas que
le dan un aspecto de empollona. Me fijé en sus dedos largos, sus manos delgadas
y un anillo de acero en el anular.- ¿Y bien? Ustedes dirán.-
- Pues verá, doctora, mi mujer...mi mujer no
se corre.-
La doctora me miró y preguntó -Y eso ¿A
que se debe?.-
-No lo se.- Dijo mi marido
-Y tú ¿Qué dices?.- Me miró la doctora. -¿Te puedo tutear , verdad?.- Y
antes de que le contestara.- ¡Total, me vas a enseñar el conejo dentro de un
rato! ¡Ja ja ja ja¡.-
-Pues verá...es que no lo sé- Estaba
colorada. La doctora interpretó que me daba vergüenza de hablar del tema
delante de él.
-¡Caballero! ¡Va a ser mejor que se vaya usted fuera!.-
Mi marido estaba que no se creía lo que
sucedía, pero aquella enfermera morena lo empujaba prácticamente fuera. La
doctora volvió a la carga. -Es mejor así, así puedes contarme todo lo que
piensas, cariño ¿Es él, verdad? ¡Dime que es él! ¡Ellos siempre tienen la
culpa!- La doctora me había cogido la mano. La aparté con cierta brusquedad.
-No es mi marido... es que ya no siento lo
mismo, es algo psíquico... o físico...-
-¡Sensorialmente!- La doctora sexo se puso de repente de pié al decir esto,
parecía una iluminada. -¡Muy bien! ¡Manos a la obra! ¡Voy a reconocerte! ¿Marga?-
Así que así se llamaba la enfermera, Marga.
-Por favor, Marga, ayude a la enferma a desnudarse.-
Me fui a desabrochar los botones de la camisa
cuando de repente sentí lo pechos de la enfermera en mi espalda. Noté sus
brazos a un lado y otro de la cintura y su cara sobre mis hombros y sentí como
desabrochaba mi falda.
-¡Ay! ¡No se para que me he desabrochado la
camisa!.- Dije aún un poco escéptica, al sentir la falda caer a mis pies.
-¡No importa, chata! ¡es mejor que se
desnude toda!- Decía la doctora mientras me miraba con cara de maruja cotilla.-
¡Anda, ayúdale a quitarse las medias!.-
Marga deslizó sus manos por mis piernas,
desde la parte alta de mis muslos hasta mis tobillos haciéndome sentir unas
cosquillitas muy raras en mis piernas y en mi vientre. Me quité la camisa. Quedé
así sólo con braguitas y sujetador. Eran unas prendas discretas y elegantes
que hacían juego la una con la otra. Sentí las manos de Marga en mi espalda y
mi sostén desabrochado. Puse mis manos sobre las copas para que no se cayeran.
Me quedé muy sorprendida, pero más aún lo estuve cuando Marga tiró un poco
de mis bragas hacia abajo. Mi reacción fue soltar el sostén y agarrarme las
bragas. Sólo fue un ardiz para agarrar mi sostén y quitármelo.
-Verás cariño. Tenemos que probarte ante
determinados estímulos. La terapia puede resultarte chocante pero funciona en
un 95 % de los casos.- La doctora se sentó y llamó a su asistenta .-¿Marga?
¡Proceda!.-
Marga, en un momento, se desabrochó la bata
blanca y salió de ella mostrando el cuerpo de una morenaza de pechos firmes y
respingones, exquisitos. Sus pezones eran dos fresas puntiagudas y oscurecidas,
bien delimitadas.
-Lo primero que vamos a hacer es probar la
respuesta al estímulo pezonales.- Marga se acercó a mí tanto que estaba rozándome
con sus pezones la parte baja de mis pechos. Yo era más alta que ella. Se cogió
a mi cintura y empezó a restregarse contra mí. Se puso de puntillas lo justo
para hacer coincidir los dos pares de pezones. Tenía unos pechos suaves y
consistentes. Sus bolas se movían suavemente contra las mías.
A mi aquello me ponía cachonda. Nunca lo había
hecho. La verdad es que pensarlo me daba asco, pero hay que tener en cuenta que
aquello sólo era una terapia. Vamos, digo yo. Sus manos se deslizaron desde mi
cintura, a través de mis caderas hasta las nalgas. Tiró de mis bragas hacia
arriba y sentí incrustarse la tela en mi sexo y meterse entre los cachetes del
culo. Marga buscó mi boca, encontrando mi rechazo, al menos las dos primeras
veces que lo intentó. Pero como era tan pesada y sus labios eran tan rojos y
tan blanditos, me entregué a sus besos a la tercera y mi boca ya se fundió con
la suya sin remedio. Al fin y al cabo, era parte del tratamiento. Yo cerraba los
ojos y abría los labios y ella, metía su lengua.
Sus manos se deslizaron por su cuerpo, esta
vez en dirección a mis pechos que tomó con determinación, me rozó entonces
los pezones con ambos pulgares, sintiendo yo que un calor recorría todo mi
cuerpo. La Doctora me miraba por encima de las gafas.- Uhmmm, vaya, parece que sí
que le funcionan los pezones...A ver...dale unas lamiditas.-
A metro y medio de nosotras, apoyada sobre la
pared, la doctora observaba como la enfermera bajó su boca hasta mis pechos sin
soltarlos de sus manos y me lamía los pezones, con lametones amplios y
salivosos unas veces y otros, circundándolos con la lengua. La doctora
rellenaba un historial.- Se le ponen gordos y excitados...funcionan
correctamente.-
La noté que avanzaba por mi espalda mientras
Marga continuaba mamándome ahora, y sentí sus dedos largos y fríos sobre mi
espalda y poco a poco, deslizarse hasta mis nalgas y siguiendo la escondida
textura de mis bragas, tocar, bajo mis nalgas el rincón más íntimo de mi
cuerpo - Pero ¡Si está muy mojada! ¡Coño! ¡Yo diría que funcionas de putísima
madre!.-
Eché mi cuerpo hacia detrás.. Marga mordió
mi pezón con los labios y apretó, mientras que el otro pecho era apretado con
la mano entera. La doctora me susurró al oído -Pero que caliente estás.- Y
dicho esto, cogió de mi pelo lacio hacia atrás y al destapar mi oreja,
introdujo su lengua todo lo profundo que pudo, haciendo que mi temperatura aún
subiera más y sonsacándome un susurro de placer.
La doctora, una mujer templada, de treinta años,
volvió hacia su sillón detrás de la mesa. -Marga, trabájale un poco los pies.-
Y luego, mirándome a mí me dijo.- Es un punto que conocen los chinos en el que
se produce el estímulo sexual, no te preocupes.-
Aquella morenaza debía tener unos 22 años.
Me tomó de las manos y me llevó hasta una camilla de esas que hay en las
consultas de los médicos. Me tumbé sobre ella mirando al techo. Marga recorrió
mi cuerpo con la yema de sus dedos dirigiéndose a través de mi pierna hacia
uno de mis pies. Lo tomó entre sus manos como un tesoro.- ¡Uhmmm! ¡Qué rico!
¡Tierno y carnoso como me gustan!.-
Acto seguido notaba su lengua humedecer
varias veces la planta de mis pies y luego entre las comisuras de los deditos.
Me hacía unas cosquillas deliciosamente insoportables, unas cosquillas que
sobrepasaban la región de los pies y se extendían por todo el cuerpo, desde la
nuca hasta los pezones y el clítoris, pasando por la columna vertebral. La
doctora sexo tomaba nota y finalmente ordenó nerviosa, desabrochándose un botón
de la bata.- ¡Cómele el coño de una vez!...¡Uy!...¡Perdón!...¡Proporciónale
un estímulo clitoriano!.-
-¿Queee? ¡Nooo!.-
-¿Cómo que no? ¡No te puedes negar a hacer esta parte de la terapia! ¿Es que
deseas ser frígida toda tu puta vida?.- Decía la doctora enfurecida.
-Yo....Yo...-
-¡Maaaarga!- Marga se decidió a tomar los bordes de mis bragas, los de la
cintura, y tiró de ellos hasta poner mis bragas a la altura de las rodillas.
Entonces metió su mano por uno de los huecos de las bragas por donde salen las
piernas y agarró con los dedos el borde e hizo un nudo, de manera que mis
piernas quedaron amarradas por las bragas. Acto seguido las puso sobre unos de
sus hombros, así que mi sexo quedaba a su merced -¡Mira!- La escuché decir
entusiasmada.
La doctora se levantó rápidamente y fue al
lado de Marga.- ¡Es un coño perfecto!- Dijo la doctora.
-¡Qué rajita más bonita me voy a comer- contestó Marga.
La Doctora se quedó detrás de Marga,
observando lo que su auxiliar hacía, con los brazos cruzados, mientras Marga
pasaba la yema de sus dedos corazón y anular sobre mi rajita y los deslizó a
través de ella separando suavemente ambos labios y rozando la crestita excitada
de mi sexo.
Intenté taparme el sexo con las manos, pero
la doctora, previendo mis intenciones, con un movimiento rápido y expedito me
agarró los brazos, y cogiéndome de las manos, las llevó por encima de mis
hombros. Marga seguía con los dedos acariciando mi raja para de pronto
introducir el dedo corazón en la raja, primero horizontalmente y luego, a la
segunda, verticalmente, por lo menos hasta la primera falange.
-¡Ahhhh!.- Gemí
-¡No temas cariño!- Dijo la doctora, luego, la ví apretar la mandíbula y
decirme.-¿Te vas a estar quietecita? ¿Eh?.-
-¡Siiiii!-
-Marga, quítale las bragas para que pueda abrir bien las piernas.-
Al sentir mis piernas libres realmente las
abrí, pero para poner cada una de mis pantorrillas en uno de los hombros de
Marga. Ésta se agachó hacia mí haciendo doblar mi cintura y mientras introducía
más aún su dedo, comenzó a lamer los pezones de mis pechos, que asomaban
entre mis muslos abiertos. Mi sexo estaba empapado y el dedo de Marga entraba y
salía lubricado.
Marga se mostraba confundida y la doctora
sexo también, después de cinco minutos de magreo continuado y de mete-saca de
dedo, yo estaba muy caliente, enloquecía de placer, pero no me corría. Marga
acompañaba sus metidas y sacadas de dedo con lametones a mi clítoris y hasta
la propia doctora se comía mis tetitas y las acariciaba con una mano, mientras
con la otra se desabrochaba los botones de abajo da la bata y se introducía la
mano entre las piernas. Miré más detenidamente y vi que su mano estaba dentro
de sus bragas, que era lo único que llevaba sobre la bata. "Eso debe ser
para que la enfermera no se sienta discriminada". Pensé.
La doctora no perdía ojo de cómo la
enfermera me "trabajaba" el sexo. Ya estaba visiblemente enfadada.. -
¡Pues sí que está dura la puta esta!.- Al oírla hablar así de mí mi
temperatura subió un grado.
- ¡Doctora, yo hago todo lo que puedo.- Le dijo Marga.
-¡Ya lo se! ¡Coño!.- Luego, más calmada le dijo -¡Venga! ¡Fóllatela!.-
-¿Queeee? ¡A míiii?.- Dije un poquito asustada
-¡Calla ya! ¡Coño! ¡Tú hoy no te vas de aquí sin correrte como una guarra!.-
Marga se apartó de mí. Yo intentaba
incorporarme pero la doctora, que aún me agarraba de las manos me lo impedía.
Luego, cuando ya estaba yo más calmada, es decir, que ya me había hecho a la
idea de que me iban a follar sin saber muy bien cómo, la Doctora, "para
que no me enfriara" se puso a acariciar ella misma mi sexo con sus dedos
largos y delgados, que también me demostraban lo mucho que conocía su oficio.
Sus dedos acariciaban cada rincón de mi
vagina, causándome un placer y una excitación enorme, pero sin conseguir que
me corriera. Me despisté de que era lo que Marga hacía, así que cuando la vi
pasar delante de mí me llevé una sorpresa al ver que en su vientre se cruzaban
una serie de correas que venían de la cintura y que sostenían justo a la
altura de su clítoris ¡Una polla!.
Intenté resistirse, pero una vez que Marga
me cogió una de las piernas, le fue fácil separarla y meter su cuerpo entre
ellas y acercarse poco a poco hacia mí, agarrándome ambos muslos a cada lado
de sus caderas con sus fuertes brazos. La doctora abrió mis labios y sostuvo
aquella polla semiflácida lo suficiente como para que la cabecita negra de
aquella serpiente encontrara un sitio por donde meterse poco a poco. Pareció
que el prepucio me miraba antes de meterse en mi vagina. Sentí mi vagina
ocupada, pero esta vez de verdad, por algo gordo y largo.
Me fijé en que Marga tenía los pezones
puntiagudos. Sonreía pícaramente. Se separó levemente de mí haciéndome partícipe
de una sensación de liberación y a la vez de frustración, que se tornó al
sentir aquella serpiente de látex introducirse de nuevo en mi vagina.
La doctora lo controlaba todo, participando
con la lengua y sus dedos en la operación, besando mi boca y acariciando mis
pezones.- ¡Ya sabía yo que lo que tú necesitabas era una buena polla!.-
Me volví a estremecer cuando Marga volvió a
realizar el movimiento de caderas completo, muy despacio. Cada vez que lo hacía,
sentía un enorme placer. Pero al cabo de un largo tiempo, Marga se desesperaba
otra vez y la doctora sexo se enfurecía -¡No entiendo que le pasa a esta puta!
¡Pero coño! ¡Si se lo está pasando en grande! ¡Por más caña que le des!.-
Sentí entonces como la doctora extendía mi
mano hacia mi sexo y agarraba mi clítoris entre los dedos, lo arrancaba,
estiraba de él. Se le soltó otro botón de la bata y sentí en mi mejilla la
suavidad de una masa de carne que resultó ser uno de sus pechos. Deseaba mamar
de él, busqué su pezón, pero la doctora, que estaba muy concentrada en mi
sexo, se levantó de golpe.
-Voy a probar con "literatura a ver que
tal...Por que a lo mejor lo que te pasa es que eres de esas mujeres que
disfrutan follando mientras su marido las llama zorra...o puta!.-
-El otro día tu marido estuvo aquí, quería
ver si la culpa es suya y la verdad es que lo probamos y sabes...funciona de
puta madre ¿Verdad, Marga?.-
Me puse furiosa al escuchar aquello,
intentando separarme de Marga inútilmente. La doctora entonces me volvió a
coger los brazos de nuevo y Marga comenzó a embestirme con furia. Al cabo de un
rato la doctora proclamó su fracaso - Nada, ni literatura, ni pasión, ni
violencia. Me voy a dar por vencida....espera...sólo queda....¡A ver! ¡A
ver!.-
La doctora metió su mano por debajo de mis
nalgas. Sentí como sus dedos se disputaban un aparcamiento dentro de mi sexo
con la negra serpiente, pero luego, su mano descendió, hacia donde el sexo deja
de ser chichi y se convierte en culo y luego, después de acariciarme allí
durante un rato que se me hicieron un siglo de intenso placer, dirigió su dedo
hacia mi agujero oscuro, se hundió entre las nalgas y me rozó mi último
reducto virgen. Aquello, después de todo lo que había recibido, me puso como
una moto, comencé a moverme yo misma contra el vientre de Marga, a ser yo la
que se follaba a la serpiente negra.
-¡Ah! ¡Así que es esto! ¿Eh?.-
- ¡Eres una genio, doctora!.- Asentía Marga
Su dedo comenzó a acariciar mi ojete y luego
a intentar introducirlo con una presión creciente. Empecé a suspirar, a gemir
de placer, a correrme -¡Aaaaahhhhh Ooooohhhhh Aaaaahhhh!-
-Tócale tú el ojete.- Le dijo la doctora a
Marga mientras ella se dirigía al armario que había detrás de su mesa. Marga,
mientras me seguía metiendo y sacando aquello despacio, me agarró una cacha y
fue metiendo poco a poco la mano hasta que sus dedos me rozaban el ano. Luego,
siguió así mientras iba sacando su falo de mi sexo, prolongando de esa manera
unos segundos más el clímax del orgasmo ya pasado y se echó sobre mí para
comerme las tetas. Aquellas caricias post-orgásmicas eran tan deliciosas...
La sombra de la doctora se proyectó sobre
nosotras. La miré y ante mí estaba, como una amazona lista para el combate.
Desnuda, delgada, el espectro de una yegua famélica. El pubis poblado de pelos
rubios, y en medio de él, sostenido por un juego de correas como el que Marga
lucía, un pene postizo, de dimensiones más reducidas al que me acababa de
penetrar. Éste, eso sí, de color rosa intenso y brillante. Marga se separó de
mí y la doctora sexo me ayudó o me obligó a levantarme cogiéndome del brazo.
-¡Ahora vamos a ver si de verdad lo que te
pasa es que te gusta recibir por el culo!- Me cogió de los pelos y me obligó a
darle la espalda y reclinarme sobre la camilla, algo más levantada que si
estuviera de rodillas. Mi vientre se apoyaba en la camilla pero mi torso asomaba
por el otro lado. Me agarré a los extremos de la camilla.
-¡Puta! ¡Hay que ver el tiempo y el dinero
que nos estás haciendo perder esta tarde!.- Me mantenía a duras penas en
equilibrio en la inestable camilla. Sentí las rodillas delgadas de la doctora
clavarse en la parte de atrás de las mías, luego su vientre sobre mis nalgas y
aquel chorizo rosa me incomodaba entre las nalgas. Lo sentí moverse entre ellas
un par de veces hasta que finalmente, la doctora me volvió a coger del pelo y
me obligó a acercarme a ella doblando la espalda. Sentí como si un tapón
intentara penetrar en mi ano y tras vencer los primeros intentos, lo sentí
introducirse, haciéndome vivir una sensación hasta entonces nueva.
El puño de la doctora sostenía el falo y se
me clavaba ligeramente en las nalgas, hasta que el miembro viril estaba bastante
introducido dentro de mí. Me soltó del pelo. Me sostenía con los brazos
extendidos sobre la camilla. Ella me cogió de la cintura con las dos manos. Mi
culo se acostumbraba a sentir aquello dentro cuando la doctora se comenzó a
mover hacia delante y hacia detrás, haciendo que su falo me rozara, y haciendo
que de nuevo mi clítoris se pusiera al rojo vivo, como mis pechos.
Una sensación electrizante me recorría el
cuerpo. Ahora la doctora me agarraba los pechos y me acariciaba el clítoris e
incluso introducía un dedo dentro de mi rajita rehumedecida mientras me follaba
el culo.
- ¡Vamos Zorrita! ¡Dile a la doctora que te
vas a correr otra vez! ¿Lo ves como te gusta que te den por detrás?.-
- ¡Aaaaahhhh! ¡Síiiii! ¡Dame más! ¡Aaaaahhh!.-
Caí desfallecida sobre la camilla, con las
piernas dobladas, sin fuerza para sostenerme. Ella seguía con aquello dentro de
mi ano, con su mano en mi sexo y su otra mano en mis tetas, besándome la nuca,
el cuello y la espalda.
-Perdona que te haya llamado esas cosas...ha
sido una sesión maravillosa...ha sido fabuloso conseguir que te
corrieras...Ahora ya te puedes vestir e irte a hacer el amor con tu maridito.-
Me dijo. Marga me sonreía maternalmente desde el otro extremo de la habitación,
ya con el uniforme puesto.
Me incorporé mientras la doctora se ponía rápidamente
la bata y se abrochaba los botones. Yo no tardé en estar vestida también.
Hicieron pasar a mi marido que estaba más despistado que un cateto en Madrid.
Se sentó junto a mí. Yo la verdad es que estaba un poco avergonzada, por que
no sabía si realmente me habían sometido a un tratamiento o me habían hecho
una tortilla.
-Bueno...Nos ha costado pero al final...-
-¿Qué le pasa a mi mujer, Doctora?.-
-Su mujer tiene un corrimiento del erogénico hacia las zonas anales.-
-¡Ahhhh! ¿Y....Eso es grave?.-
-¿es usted tonto o qué?. Lo que quiero decirle es que a su mujer le gusta que
le trabajen el ojete! ¡Coño! ¡Que no se entera!
-Pero eso...¿es posible?.-
-¡Joder! ¿Es que tengo que darle por culo otra vez para que Usted lo vea?.- La
doctora luego se dirigió a mí -¡Dile, cariño! ¡Dile como has disfrutado y
las veces que te has corrido! ¿Te has corrido?-
Mi cara se sonrojaba por momento -¡Si!.-
-¿Y cuantas veces?-
-¡Dos!.-
-¿Y cómo ha sido la segunda?.-
- Con....Con...¡Con una polla en el culo!.-
La cara se me puso del color de los tomates,
mientras que mi marido se puso amarillo, pálido.
-¿Ve? Lo único que tiene usted que hacer es
cambiar un poco sus hábitos sexuales y cuando más emocionante esté el tema,
pues va usted y le mete el dedillo un poco, o le mete la punta de un plátano...cosas
así.-
Mi marido extendió un cheque por el valor
del precioso tiempo de la doctora y encima le dimos las gracias. Ella me miraba
feliz y satisfecha. Al salir, sobre la mesita de recepción había una tarjeta
con la dirección de la doctora, en ella había hasta un e-mail: al que os animo
a que escribáis para contarle vuestros problemas sexuales. Si me escribís os
lo mando.
Cogí la tarjeta de la doctora y la guardé contra mi pecho. Yo no se si la
volveré a ver o no. Soy capaz de inventarme cualquier cosa para volver a ir a
verla. Lo cierto es que desde que mi marido sigue sus consejos, tengo una relación
plenamente placentera y feliz.