Una
mujer acude a la consulta de un profesional que tenía
la maravillosa solución para curar su frigidez
Parecía muy nerviosa y un tanto
temerosa. La alta, guapa y elegante morena clara de ojos verdes y cuerpo
tentador entró en la oficina con el andar decidido de una mujer que tiene
tomada una determinación y está dispuesta a ponerla en práctica. Se detuvo
ante el escritorio y miró al profesional que ya la esperaba.
-Espero haber llegado a tiempo doctor, tengo la mala costumbre de atrasarme
siempre, pero creo que hoy he llegado por primera vez en mi vida puntual a una
cita... -Dijo ella tratando de sonreír.
Sus manos blancas y finas, perfectamente cuidadas, temblaron un poco cuando
prendió un cigarrillo insertándolo en una boquilla de plata. Miró alrededor y
viendo la cómoda silla de cuero negro frente al escritorio se dejó caer con un
largo suspiro de satisfacción.
-Mmm... la comodidad es la primera cura para los nervios... y las fantasías
sexuales... ¿No es así doctor?
-Creo que sí pero...
El hombre tras del imponente escritorio de finas maderas se llevó una mano a la
corbata arreglando una imaginaria arruga en el nudo y trató de devolver la
sonrisa.
-Vengo por recomendación de María Elena Castillo. Ella me dijo que usted era
maravilloso en su profesión... -Continuó la hermosa mujer.
-Bueno no recuerdo a la cliente que menciona pero...
-Dirá usted la paciente, doctor...
Se detuvo ella de pronto mirando alrededor. Sus ojos verdes y un poco rasgados
se iluminaron al ver el sofá suntuoso, profundo y acogedor en una esquina de la
oficina.
-Es allí... ¿Verdad doctor?
-¿Allí?
-Donde debemos comenzar el tratamiento, claro está... replicó ella.
El hombre hizo un vago gesto con la mano y ella, incorporándose, se dirigió al
sofá pasando los dedos por la superficie.
-Huuummm... suave... delicioso... me reconforta y me tranquiliza el saber que mi
amiga María Elena ya fue su paciente y que estuvo precisamente en este mismo
sofá... en cierta forma me brinda la confianza que necesito aunque... después
de todo usted es un profesional, pero no deja de ser un hombre... ¿Verdad
doctor?
El hombre tras del escritorio volvió a hacer un vago gesto, que podía
significar cualquier cosa, con sus manos.
-Pero también me parece que estamos perdiendo el tiempo... ¿No cree que
debemos de empezar de inmediato? Usted sabe, doctor... al mal paso darle
prisa...
El hombre, tras del escritorio, abrió la boca con un gesto de asombro. Movió
los labios como para decir algo, pero no lo dijo porque lo que comenzó a hacer
ella lo dejó sin habla. Mientras tanto la espléndida belleza de la estupenda
morena clara comenzaba a quedar al descubierto a medida que ella se iba
desnudando.
La blusa de seda azul marino, la falda blanca con ribetes azules haciendo juego.
Por un momento quedó semidesnuda, sus perfectas curvas resaltadas en sexual
contraste por el brasier y la pantaleta negra de encajes que apenas podían
contener su belleza, los ligeros rojos y las medias transparentes haciendo
juego.
Tras de aquel momento de vacilación, la morena llevó sus manos a la espalda y
soltó el broche dejando que el sostén cayera a sus pies. Sus senos largos,
grandes y separados se irguieron desnudos, los pezones redondos y de aureolas
rosadas se movieron ligeramente creciendo y dilatándose con la brisa del aire
acondicionado.
-Bien doctor... ¿Todo? - preguntó ella.
El hombre volvió a mover las manos que esta vez temblaban notablemente, la
mujer suspiró, después, al inclinarse para deslizar la pantaleta y las medias
bajo piernas, sus senos quedaron colgando, balanceándose como campanas cremosas
cruzadas por venitas azules.
-¡madre mía! Suspiró el hombre.
-¿decía algo doctor?
-no... nada... no decía nada...
La respiración del hombre se hizo fuerte y jadeante. Pequeñas gotas de sudor
aparecieron en su frente mientras que la mujer se erguía ahora completamente
desnuda; lo único que cubría una mínima parte del arrebatador cuerpo eran las
finas zapatillas blancas de tacón alto. El triángulo espeso, oscuro y
abundante de su pubis se dilataba perdiéndose en una difusa línea hasta llegar
casi al ombligo. El Hombre contempló aquel peludo triángulo tentador y sus
labios se movieron pronunciando palabras que sólo él podía escuchar.
-Ya, ya estoy lista. Doctor... -Exclamó ella acostándose en el sofá.
-Pero.. ¿Qué desea de mi señora?
La mujer, que comenzaba a encender un nuevo cigarrillo, se detuvo contemplándole
con cierta curiosidad.
-Pero, doctor... usted debe de imaginárselo, lo mismo que le hizo a mi amiga...
-¿Lo mismo? No, no recuerdo...
-Si, doctor, lo mismo... un sexo análisis, una terapia sexual como la que le
hizo a María Elena para curarla de su frigidez, que, por cierto, ya está
curada... me dijo por teléfono que ya puede mamarle aquello... bueno... el pene
a su marido sin que le den náuseas.
-El hombre asintió.
-OH, ya entiendo...
El profesional se incorporó dirigiéndose hacia la silla situada junto al sofá
y quedó sentado muy cerca del magnífico cuerpo desnudo. Sus ojos brillaban
contemplando las tetas que se alzaban como montañas de crema coronadas con las
gordas cerezas rojas de los pezones.
-¿Que espera, doctor? Entienda que a mí me da pena todo esto... me da pena pedírselo...
-¿Pedírmelo?
-Vamos, doctor... María Elena me contó que su técnica para curar cierta clase
de trastornos sexuales es distinta a toda, que usted hace muy bien... digamos...
que hace gozar a la mujer para que descubra las bondades del sexo...
-¿Y después?
-OH, doctor... me da pena...
-Dígamelo, señora, por favor.
-Pues... pienso que usted, este... probablemente podrá hacer que yo pueda
obtener un orgasmo... tal vez con su tratamiento hará que se me pase la
frigidez y entonces yo también podré cambiar y seré capaz de hacer el amor y
venirme cuando esté con mi marido.
-¿Y ahora no puede hacerlo?
-Por supuesto que no, doctor, de otra forma no estaría aquí...
El hombre hizo un movimiento asintiendo con parsimonia, como si al fin
entendiera el motivo de la visitante. Entonces supo lo que tenia que hacer... lo
que necesitaba hacer, pues su excitación había llegado al punto máximo
mirando el cuerpo desnudo de la estupenda y seductora hembra e imaginándose lo
que seguiría para la sesión de la que le hablaba ella.
Después de sonreírle a la mujer para inspirarle confianza, comenzó a
desnudarse. Cuando
terminó de hacerlo, mostró una tremenda estaca, una pinga erecta y chorreante
que apuntaba directamente hacia el rostro de la hermosa hembra. Esta, por su
parte, abrió a todo lo que daban sus bellos ojos y sus grandes senos comenzaron
a moverse temblorosos.
-Doctor... es... ¡maravillosa!
-¿Quiere tocarla? ¿Le gustaría sentirla entre sus manos?
-OH, no sé... me da pena...
-Vamos... tóquela... con confianza que se la estoy ofreciendo con mucho
gusto...
La mujer se acerco y, tomó tímidamente el pene, cerró sus dedos alrededor del
fibroso tronco y comenzó a resbalar la piel de arriba hacia abajo como si la
estuviera pelando. La cabeza colorada y esponjosa se dilataba y las gotas de líquidos
lechosos goteaban de la misma rodando hasta los testículos.
-Vamos, anímese, ya vio que no muerde... pruébela señora...
-¡Doctor!
-Vamos, pruébela... no se quede con las ganas... le insistió el hombre.
La mujer aumentó la frotación sobre el largo y grueso miembro viril erecto a más
no poder mientras que el hombre se acercaba más a ella, blandiendo el pene con
una mano ante la mirada antojadiza de la mujer y cuando se la colocó a unos
centímetros de su sorprendido rostro, se la paseó por las mejillas y la
barbilla, dibujándole con la cabeza el sensual contorno de los labios color
carmesí y terminó meciéndole el amoratado glande en los labios. La azorada
hembra abrió la boca y la roja punta achatada desapareció en ella.
-Bien señora, ahora chupe como si fuera un rico caramelo...
La mujer mamaba y chupaba con verdadero entusiasmo. Sus mejillas se hundían por
efecto de la enérgica succión y su cabeza, con el cabello revuelto por la
emoción subía y bajaba, como un pistón engrasado, sobre la barra.
-Así... oh... así...
-Oooh, que bien... aaah, que rico chupa, señora... va usted muy bien, lo esta
haciendo de maravilla...
La mujer tragaba más y más, a cada movimiento de su cabeza y sus labios, y
cada vez que lo hacia una nueva porción de carne invadía su boca. Hasta que,
llegó la tranca a la mitad, y ya no pudo avanzar más, el resto lo acariciaba
con sus dedos. Más y más rápido hasta que el hombre contrayendo sus músculos
dejó que la leche escapara en un orgasmo enorme y explosivo.
La hembra, tomada de sorpresa, abrió mucho los ojos, pero nada podía hacer
sino tragar y tragar. Y así todo, gordas gotas de espeso semen escapaban por
las comisuras de sus labios cayéndole en los pechos, sobre los pezones y
rodando entre los testículos del hombre. Este siguió moviéndose, una expresión
de absoluta felicidad en su rostro, los ojos cerrados mientras que sus manos
apretaban y estrujaban los ricos pechos de la hembra. Siguió de esta forma
hasta que la última gota pasó por la garganta y entonces la extrajo
produciendo un sonido gorgoteante.
Ella estaba enrojecida de emoción, jadeante. Asombrada de ver que el gigantesco
pene seguía erecto, chorreando saliva y leche. El hombre se inclinó buscando
sus pezones y ella comenzó a gritar de emoción cuando la lengua se enrolló en
las gordas frutitas erectas.
El hombre cayó de rodillas junto a ella acariciando el terso vientre, recorriéndolo
en masajes circulares hasta que sus dedos se enredaron en el vello rizado que se
alzaba del pubis como una selva misteriosa.
-Doctor... Por favor... más abajo... doctor... - jadeaba insistente la hembra
mientras que su cuerpo desnudo se movía rítmicamente al compás del masaje.
Y mientras que el hombre seguía acariciando los vellos a la vez que le chupaba
las tetas alzadas, ella se abrió por completo de piernas ofreciéndole la raja
caliente, húmeda de líquido lubricante y de labios protuberantes.
El hombre enterró dos dedos en el interior de ella. La mujer dando un grito de
satisfacción cerró los músculos sobre la mano.
-Oooh, que bien se siente su mano allí. No la quite, déjela... por lo que más
quiera... oooh, qué gusto me esta dando... sígamelo haciendo, por favor... -
gemía la mujer suplicante con los ojos desorbitados.
-¿Sabe qué? Mejor hágamela usted a mí, señora... - susurró el hombre
colocando su cuerpo de lado de forma que ella, simplemente alargando la mano,
comenzaba a masturbarlo rápidamente.
-No puedo más, doctor... si usted no me mete esta ricura me voy a volver
loca... mire nada más cómo me tiene... echando jugos como un volcán... - gimió
ella.
-Vamos a ver si es cierto... hay que comprobarlo... - contestó el hombre.
El se inclino hacia el magnífico vientre plano, aspiró profundamente el
lujurioso aroma que emanaba del sexo, separó con los dedos la masa lujuriosa de
vello negro poniendo al descubierto la sonrosada intimidad y su lengua comenzó
a recorrer con avidez los labios vaginales de abajo hacia arriba hasta llegar al
comprimido capuchón que resguardaba el clítoris.
-Oooh, madre mía... ¡qué sabroso!- gritó la hembra elevando el vientre y
restregándolo contra el rostro del mamador.
El hombre mordisqueaba con delicadeza el pequeño botoncito eréctil y usaba la
lengua como una cuchara sorbiendo los jugos que manaban de la perfumada gruta,
penetraba en ella y revolvía su apéndice bucal entre las paredes íntimas, lo
cual arrancaba nuevos espasmos a la mujer sometida a sus caricias.
-Doctor, doctor... oooh... nunca había sentido esto... Nunca me había puesto
así... oooh... esto es sencillamente sensacional... - susurraba la mujer
aferrada a la cabeza del hombre, la que solo soltaba para tomar de nuevo el pene
y darle otros nuevos masajes.
Por un largo rato se entretuvieron en la doble caricia que era algo así como un
sesenta y nueve de medio lado, ella le acariciaba el rebosante palo y también
los testículos que apretaba dulcemente. Y él por su parte, seguía enterrándole
un dedo que después se convirtió en un manojo de tres dedos en al abierta
rajadura que parecía humear y bullir como horno a toda capacidad de
temperatura. El hombre alternaba la masturbación que le hacía a la hembra con
tremendas mamamas, de las que emergía con el rostro empapado de sus jugos y pasándose
la lengua por los labios.
-No puedo más... esto es demasiado... lo que necesito ahora es una buena pinga...
una barra larga y gorda como la suya que me entre hasta el fondo, que me
desgarre por dentro y me haga gozar... ¡métame ya su pinga, por favor... métamela
ya de una buena vez!- exigía impaciente la hermosa dama.
Mientras que ella gritaba, su cuerpo espléndido se contorsionaba en los más
contrastantes espasmos, se movía de un lado al otro y trataba de girar sobre sí
misma. En una de estas el hombre le permitió que lo hiciera y cuando la tuvo
con las nalgas para arriba, proyectadas como dos hermosa pelototas repletas de
carne, se lanzó al ataque de las mismas con todo ardor.
-Póngase en cuatro patas, por favor, señora...
-¿En cuatro? ¿Para qué?
-¿No quiere que se la meta hasta las bolas?
-
Pues eso es lo que voy a hacerle en cuanto la tenga en posición... -respondió
él.
Ella dio un suspiro de aprobación y sepultó
su rostro entre las manos, sus senos aplastándose contra el sofá, enterrándose
en el cuero negro y formando un erótico contraste con el material oscuro y sus
pechos blancos como la leche.
El hombre se arrodilló tras de ella y tomándose el extendido pene comenzó a
frotarlo por sobre las nalgas, dejándole la viscosidad de sus abundantes
gotitas de leche prendidas a las impresionantes colinas redondas y en la
hendidura redonda que las separaba. Tanto se estaba viniendo, que los jugos le
corrían por el interior de los muslos empapándole la ensortijada mata de vello
púbico a la hembra.
-Su pinga me está quemando, doctor... acabe de metérmela ya que estoy que ni
yo misma me aguanto, mire cómo tengo mi cosa... ábrame los labios vaginales y
mire adentro... vea que estoy ardiendo y si sigo así voy a estar echando humo
al rato... hágamelo ya...
El hombre, tomándose su tiempo, abrió los labios sexuales con los dedos de la
mano que le quedaba libre admirándose de la humedad que bañaba el interior de
la fruta sexual, mientras que con la otra dirigía su tremendo instrumento hasta
la entrada del sexo que temblaba de emoción anticipada.
-Métamela poco a poco que quiero darme el gusto de sentir como me va
entrando... por favor sea considerado, despacio, que soy muy estrecha y no estoy
acostumbrada a una tranca de ese tamaño y puede dolerme más de la cuenta...
-Sí señora, como guste... pero antes déjeme frotársela un poco así para que
vaya sintiendo lo que le va entrar... ¿ya esta sintiendo?
-OH, sí... qué rico... usted sí sabe doctor...
El hombre dejó de pasear el tolete por entre las carnosas nalgas, tomó puntería
y lentamente comenzó a apretar la barra como si la estuviera exprimiendo de la
cabeza esponjosa para que fuera penetrando en la estrecha rajadita.
La mujer dio un grito de emoción y su cuerpo pareció perder la fuerza,
teniendo que ser sostenida por el vientre para que no cayera desmadejada.
-Se me afloja todo, doctor... la cabeza de su pinga me está entrando y me está
mareando... oooh...
El hombre entendió la intensidad de la tortura a la que la estaba sometiendo,
por lo que tuvo que detener el avance cuando apenas la punta había atravesado
los labios interiores y volvió a abrirse como un paraguas ya cuando estaba en
la vagina de la hembra. La sensación era tan fuerte en el glande sensible del
pene, que el hombre estuvo a punto de soltar la leche allí mismo. Pero con un
enorme esfuerzo de control logró detenerse.
La mujer elevó los pechos y la cabeza.
-¿Qué sucede? ¿Por qué no me la sigue metiendo?
-Ya voy... sólo un momento, señora...
El hombre empujó.
-Oooh, sí... así... eso es, doctor... despacio... poco a poco... así... siga
entrando en mi cuerpo que estoy sintiendo bien bonito...
El hombre se sostuvo de la breve cintura femenina, disfrutando con las manos el
contorno terso de aquel cuerpo escultural, acariciando las nalgas poderosas pero
sedosas como piel de melocotón. Y su cuerpo comenzó a moverse con deliberada
lentitud, bombeando el pene y a cada embestida avanzando un poco más.
-¡Qué bárbaro, doctor... es usted un buenazo! ¡Qué maravilla de terapia
sexual! ¡Esto es de veras sensacional! ¡Qué razón tenía mi amiga María
Elena!
-Bueno, señora... prepárese porque ahora se la voy a introducir toda... y más
vale que afloje todo su cuerpo...
-Sí... ¡Ooouuuch... !
Ahora sí la tenía metida toda. Las paredes de la gruta se abrían y cerraban
sobre el palo encendido haciéndole experimentar sensaciones únicas. Se inclinó
sobre la espalda de la hembra y sus manos tomaron ambos senos que colgaban
pesados, repletos de carne y belleza.
Ya... ya pasó la molestia... ahora deme más pinga por favor, doctor... y si
gusta puede moverse que ahora sí aguanto todo lo que quiera meterme sin
quejarme...
El hombre enredó los dedos en los pezones apretándolos suavemente, gozando la
textura especial, arrugada y al mismo tiempo tersa de los dos conitos erectos y
desafiantes, después volvió a acariciar los pechos, sopesándolos, elevándolos
un poco y dejándolos caer mientras hacia pruebas de introducción metiendo y
sacando lentamente, después, ya encarrilado y ante la aprobación de la mujer,
se meneaba libremente mientras ella seguía con la grupa en todo lo alto,
bombeando sin cesar.
Sus bombeos eran rítmicos y pausados, quería hacerla gozar intensamente.
Hacerla gozar hasta extraerle la última gota de los jugos de sus entrañas. Las
nalgas de la hembra se movían en círculos que coincidían con sus empujones y
ambos susurraban palabras de pasión carnal, a veces obscenidades, incoherencias
a cada vaivén.
El hombre se dio cuenta de que le era imposible sostener por más tiempo aquel
pesado coágulo de leche que pugnaba por escapar de los cojones que se le contraían.
Estos le pesaban como si fueran de plomo y un sordo dolor en la base de la nuca
le indicaba que su calentura estaba a su máximo grado y que ya tenía que
explotar.
La mujer por su parte se abrió de nalgas aún más, separando las rodillas lo más
que podía, abriéndole la rajada humeante a toda su capacidad. Los movimientos
del hombre se hicieron más rápidos y frecuentes, su respiración jadeante, las
manos se cerraron en las colgantes tetas apretando con desesperación. El cuerpo
bañado en sudor y la saliva corriéndole por los labios apretados.
Las gotas de sudor caían sobre la espalda blanquísima de la hembra que a su
vez brillaba con su propia transpiración respondiendo con mayores y más
vertiginosos giros de sus rotundas nalgas. Las tetas colgantes bailoteaban de un
lado a otro como si flotaran, semejando danzarinas boyas que se sacudían en
medio de un mar tormentoso.
El impresionante trasero de la mujer comenzó a revolotear con más ímpetu
cuando sintió que su clímax le invadía en estremecimientos el cuerpo entero
concentrándose en la parte baja de su pelvis.
-Ah... Mm... ya... ya... -susurró ella al sentir que su derrame la acometía
obligándole a aquietar las nalgas para disfrutar más y mejor de su venida.
Y a ella le costó un par de minutos reponerse.
-Ahora doctor... si quiere puede darme su leche ya...
-Sí... ¡ahí le va señora!
La explosión de semen llegó como una bomba líquida. Los dos cuerpos
ensartados vibraban y saltaban al compás de los espasmos finales, mientras que
la gruesa manguera descargaba chorro tras chorro de pastosa e hirviente leche en
el interior de la hembra que gemía y sollozaba a la vez.
Finalmente el hombre quedó inmóvil recargado sobre ella, fatigado por el cúmulo
de emociones, tratando de recuperar el aliento. Su tranca profundamente calvada
entre las robustas asentaderas de la hembra, la leche desbordándose de la
cavidad genital y escapando de la estrecha abertura que se había dilatado al
doble de su tamaño original.
-Doctor, el sexo análisis... su terapia, es una verdadera maravilla... creo que
ya estoy curada... -murmuró ella débilmente dejándose caer boca abajo en el
sofá, incapaz de poder mover un músculo.
Y el hombre cayó sobre ella, todavía ensartado por el apretado sexo.
-Gracias por sus palabras señora... me alegro que el tratamiento también haya
funcionado con usted... -contestó él.
El hombre tuvo que apoyarse sobre sus brazos para poder elevar el vientre y
desenchufarse de ella, ya que el sexo de la hembra parecía haberse dilatado y
se obstinaba en tener el exprimido instrumento dentro de su vagina. Por fin pudo
él salirse de ella.
Y ahora, pasado ya el momento supremo, la paciente evidentemente ya curada,
pareció sentirse avergonzada de encontrarse así desnuda frente a su sexo
analista.
-Oh doctor... qué vergüenza... ¿puedo vestirme? -preguntó ella, sentándose
en el sofá.
-Por supuesto no faltaba más... -contestó el hombre que a su vez aún
tembloroso se ponía los pantalones por sus piernas.
Una vez que terminaron de vestirse, él fue a sentarse tras de su escritorio y
de nuevo adoptó aquella actitud profesional hasta que la bella mujer, pasándose
un cepillo por el espléndido cabello oscuro, se detuvo frente a él.
-¿Cuánto le debo por la consulta y por el tratamiento terapéutico doctor?
-Por ser una simple consulta de reconocimiento y de prueba... nada, señora.
-Pero doctor, no puede ser... usted me ha curado y...
-Por favor, olvídese de eso, señora. Sólo recuerde que de vez en cuando tiene
que regresar a consulta para repetir las sesiones... -indicó el hombre
adoptando de nueva cuenta su actitud profesional.
Por supuesto, doctor, claro que vendré hasta que usted considere que ya soy una
mujer completamente normal para mis relaciones íntimas... -contestó ella
ruborizándose un poco.
Por un momento se miraron ambos con fijeza mientras se saludaban despidiéndose
y después la mujer abandonó sonriente el despacho cerrando la puerta tras de
ella.
El hombre, cuando estuvo a solas, lanzó un profundo suspiro de satisfacción y
de asombro. Apenas podía creer lo que había sucedido allí. Pero él no tenía
ya que en ningún momento le había dicho a la guapa morena clara que fuera un
especialista en esa materia. Todo se había debido a una afortunada confusión y
si él tuviera que enfrentarse a una demanda por parte de la hembra. La afrontaría
y seguramente saldría sin culpa ya que conocía de sobra las leyes, porque para
eso... era abogado.
Pero no. Eso difícilmente sucedería. La sonrisa y la satisfacción de la
"paciente" eran claras muestras de que había quedado encantada con
sus "servicios".
La hermosa morena clara había cometido un error en el que no hubiera caído si
se hubiera fijado en el letrero sobré la puerta. La mujer sencillamente se había
equivocado de despacho.
El analista o terapeuta sexual estaba en ese edificio, si... pero en el piso de
arriba.