Un fin de semana en el
hospital entre ambulancias, pacientes y buen sexo
Estaba
satisfecha, el examen de civil me había salido bien. Necesitaba sacar un nueve
en todos esos exámenes para no tener que hacer final en julio. Este mes podría
irme antes con él si no tenía que hacer el maldito examen. Volví a leerlo,
estaba perfecto. Tenía la bolsa de viaje a mis pies, el billete en mi bolso y
una hora para llegar al tren. Siempre los viernes tenía que volar y de qué
manera. Firmé el examen y lo entregué con una sonrisa. Recogí la pequeña
bolsa de viaje, me puse la chaqueta de punto y salí a paso rápido despidiéndome
de aquél profesor que siempre me veía a punto de viajar.
- ¿Otra vez de viaje Señorita?
- Sí, señor. Los viernes siempre.
- Buen viaje.
- Gracias y buen fin de semana.
Aún tenía que ir hasta el metro más cercano y tenía que darme prisa en
atravesar aquel barrio lleno de colegios mayores. Se notaba que era viernes, había
movimiento, voces citándose para salir más tarde, bromas y gritos. Mis compañeros
iban a esquiar y como siempre habían insistido en que les acompañara y
nuevamente les dije que no podía. Cómo iba a poder si estaba deseando estar en
otro lugar y sólo con él. Nadie podía imaginar que desechaba un fin de semana
en Baqueira en refugio de lujo por un camastro en un servicio de urgencias médicas
en un pueblo perdido del interior de la Albufera. Era gracioso.
Cuatro años, cuatro maravillosos años desde el día que le conocí. Todas sus
palabras grabadas dentro de mí, sus profundos ojos, aquellas manos delicadas y
firmes, su pelo oscuro y rizado... Tenía que correr.
Sin aliento subí al tren cuando empezaba a ponerse en marcha. Era un momento mágico
que tomaba con calma y me recreaba en él. Me dirigí derecha al vagón-bar sin
buscar mi asiento. Necesitaba beber algo y relajarme. Podía empezar a olvidar
todo lo demás y prepararme para él. Con mi copa de coñac y mi botella de agua
ya en mi poder, encendí un cigarrillo ya tranquila. El camarero solía ser el
mismo y directamente cuando me veía aparecer buscaba la botella de Duque de Alba
mientras sonreía por verme pelear con las malditas puertas automáticas.
Saboreando el ardiente licor volví a mis pensamientos, algo me tenía intrigada
de la conversación que habíamos mantenido esa misma mañana.
- Este fin de semana serás mi Beatriz, viajaremos al infierno.
¿Qué había querido decir? Siempre era una sorpresa, una eterna sorpresa. Me
maravillaba su exactitud, su planificación, su perfecta organización y
planificación, su control absoluto de todas y cada una de las situaciones,
asombrosamente detallista.
Pero no valía la pena que me quebrantase la cabeza intentando adivinar el
enigma, sabía que no debía preguntar, que todo sería a su justo tiempo,
cuando él considerase oportuno.
Era todo tan fácil con él, tan sencillo, sólo dejarse llevar, como caminar en
la oscuridad pero agarrada a su mano, tan poderosa que jamás dudé de seguir su
camino, el mío.
Llovía torrencialmente como sólo la gota fría provocaba a los cielos. Esa
noche sería problemática en cuanto a accidentes de tráfico y el servicio de
urgencias estaría al máximo en su rendimiento, me necesitarían en recepción
aunque eso implicaba que apenas podría estar a solas con él.
Todas las luces estaban encendidas y a la puerta había coches en doble fila. Y
sólo eran las nueve de la noche. Llamé al timbre y Tomás, el ATS y
recepcionista, abrió la puerta.
- Buenas noches, peque. El jefe me ha dicho que te laves, te pongas la bata y me
sustituyas aquí fuera, me necesita dentro.
Me dio un beso en la mejilla y desapareció dejándome en la puerta con la bolsa
de viaje al hombro y una veintena de ojos clavados en mí.
La mayoría estaba de pié, paseando nerviosos en los pocos metros libres,
cuatro mujeres llorosas estaban recostadas en los asientos, temblorosas, con el
miedo en los ojos, histéricas en su dolor.
Me acerqué al libro de entradas y leí: Accidente de tráfico. Tres heridos.
Traumatismos varios.
Me había enseñado a mantener la calma y tranquilidad en esos momentos y lo más
importante transmitirla a los demás. Eso es lo que debía hacer, lo que
esperaba de mí.
Preparé dos cafeteras, una con un café negro y cargado para nosotros y otra de
un café claro y suave para el resto, agua caliente para infusiones y la cara más
serena y relajada que pude.
4:30 AM. La ambulancia acababa de llevarse a la unidad de quemados al último
accidente de la noche. Parecía el fin de una noche demasiado intensa. Un beso
suave en mi nuca me despertó del cansancio que asomaba en mis ojos. Tomás dormía
profundamente en la cama del cuartito de estar.
- Ven, vámonos a duchar.
Sus manos estaban desabrochando los botones del vestido hasta que cayó al
suelo, mi cuerpo desnudo notó el amanecer endureciendo los pezones instantáneamente.
El agua templada caía sobre los dos sin darnos cuenta de su presencia. Mis
labios se deslizaron por su pecho, bajando a su vientre entre mordiscos suaves,
saboreando esa piel con la lengua hasta rozar delicadamente con ella la punta
del pene duro y enorme que tanto anhelaba.
Recorrí aquellas venas abultadas haciendo presión en determinados momentos,
engulléndola entera hasta sentirla en mi garganta, haciéndola vibrar en mi
boca y sintiendo como su pasión provocaba la mía humedeciéndome por completo.
Sus dedos perdidos en mi cabeza, cerrándose entre el pelo tiraron de mí hacía
arriba provocando un grito por lo inesperado.
- No grites. Tomás tiene que descansar.
Apreté los labios con fuerza mientras sus dientes se clavaban entre caricias
por mi cuerpo. Dos dedos entraron con firmeza en mi vagina y me obligaron a
mantener el equilibrio difícilmente, mientras el agua me impedía respirar con
normalidad. Todo mi cuerpo empezó a temblar al ritmo de mi vientre y cuando
estaba a punto de llegar al orgasmo se separó.
- Acaríciate! Bajé mis manos y empecé a acariciar el clítoris que a esas
alturas estaba hinchado y duro esperando el alivio.
Me indicó que me inclinara para recibir su polla en mi boca nuevamente. No podía
esperar más, todo mi cuerpo se escapaba ya al placer y no había control
posible. Empezaba a sentir como llegaban oleadas de intenso placer preparándome
para aquel deseado final cuando un dolor punzante y ardiente que provenía de mi
espalda atravesó y se mezcló con un intenso orgasmo.
Mientras me secaba tiernamente con la toalla y mantenía un apósito en la
herida de la espalda, me susurraba al oído.
- Mi niña, la vida es una dualidad constante. No existe el bien y el mal, todo
es relativo, dolor y placer, poder y humillación, riqueza y miseria... Todo es
uno y es equilibrio. Y tú has de estar por encima de ello, abstraerte de las
partes para ser el todo. No te preocupes, la herida sólo necesita un punto de
sutura, vístete rápido que aún tenemos que hacer una última visita a
domicilio.
- No me vas a poner anestesia?
- La vida no tiene anestesia.
Ya en el coche y camino de un pueblo cercano empezó a relatarme una serie de
datos sobre la paciente que íbamos a visitar.
- Es una mujer de unos cuarenta años a la que apenas le quedan unos días de
vida. Tiene una metástasis generalizada, sin previo tratamiento para el dolor,
ha estado trabajando hasta hace una semana. No puedo hacer nada por ella, sólo
inyectarle morfina, pero ni eso calmará su dolor, es demasiado tarde. Estoy
tratando de que la admitan en el hospital al menos para que muera en un ambiente
digno pero ya sabes la burocracia lo lenta que es.
Era una barriada pobre de casitas bajas en las que alguna vez se vieron pintadas
de blanco. La calle estaba solitaria, amanecía. Nada me hacía sospechar lo que
iba a encontrar dentro.
- Respira hondo, dentro no soportarás el olor.
Un hombre de raza gitana nos abrió la puerta, al traspasarla un olor
nauseabundo inundó mis sentidos subiendo una arcada a mi garganta que no pude
impedir. Corrí a la calle a vomitar.
- Es el olor de la muerte y de la vida. Ponte esta mascarilla. Vamos!
La entrada
era una estancia con paredes descascarilladas, sin pintura, en las que se veían
grandes trozos con los ladrillos al aire, el suelo era una tierra oscura y
rojiza aplastada por los años. Una bombilla colgaba del techo desconchado,
tenue, sucia de miles de cagadas de mosca. A los lados, junto a esas paredes había
cuerpos de distintos tamaños, muchísimos, apiñados en mantas sobre colchones
igual de oscuros y sucios que el suelo. Dormían, roncaban, soñaban, algún niño
hablaba en su inocente sueño, otro lloraba en un gemido como si supiese que
nadie le calmaría. Pude contar hasta doce cuerpos que dejaban apenas un pasillo
de medio metro por el que íbamos en fila de a uno detrás del hombre de edad
indefinida, silencioso, con los ojos llenos de sueño.
Al fondo, una especie de cocina abandonada al mismo destino que el resto de
aquella cueva; a la derecha la única puerta existente en aquella casa. De allí
provenía un lamento largo y quedo como si de un perrillo herido saliese.
Si el olor era impactante fue terrible al abrirse aquella puerta. Noté su mano
como me cogía la mía fuertemente durante unos segundos. Una mujer echada sobre
una vieja cama parecía a punto de dar a luz por la posición de su cuerpo,
vestida con un combinación entera negra de tirantes, sujetándose a los
barrotes de la cama fuertemente, con sus piernas abiertas y los muslos manchados
de sangre.
El colchón estaba recubierto de grandes plásticos que rezumaban inmensas
manchas de sangre y trozos de una masa de carne oscura e igualmente
sanguinolenta.
Un gemido constante brotaba de su garganta con menos fuerza que las convulsiones
que manejaban sin piedad su cuerpo. Sus ojos buscaron con ansiedad y urgencia al
médico, su único alivio.
Elu empezó a sacar los guantes, me paso unos a mí y fue preparando la inyección
mientras iba susurrándole palabras cariñosas y llenas de amor que trataban de
calmar aquella alma torturada por el dolor. Siguió hablándola sin parar en una
suave melodía de ritmo hasta que la mujer empezó a mirarnos desde un lugar que
sólo ella conocía.
Lavamos su cuerpo, acariciamos su pelo, su cara, sus manos hasta que la morfina
pudo darle unos instantes de sueño en calma.
Se le salía la vida entre sus muslos, su cuerpo quería escapar salvajemente de
aquella miseria de vida, despedazándose desde dentro, expulsado de sí mismo.
No hablamos durante el trayecto de vuelta. Sentía como era observada, cómo sus
ojos vigilaban mi expresión, pero eran tantas las sensaciones acumuladas que no
podía poner orden ni concierto, ni articular palabra alguna.
Bajo la ducha empecé a llorar sin poder parar y seguí llorando cuando me poseyó.
Algo despertó en mí... Una furia incontrolable me inundó y como una salvaje
empecé a galopar encima de él, gritando, clavando mis uñas en él, mordiendo,
hundiéndome con su polla dentro de mí, sintiendo el dolor, físico y mental,
luchando por sentir, por sentir la vida...