Una enfermera
en su turno de noche combina sus
labores asistenciales con otras más
placenteras
Era la
hora del cambio de turnos, como de costumbre lo primero que hice fue pasar a
recoger el informe elaborado por la enfermera del turno anterior... como de
costumbre, nada fuera de lo ordinario. Algunas nuevas admisiones, según pude
ver en el rutinario vistazo que le eché a la planilla. Como siempre, correspondía
el procedimiento de funciones estándar para mi ala. Dí una vuelta por las
salas correspondientes a mi guardia, nada fuera de lo normal. Fui a tomar un café
junto con las otras enfermeras. A las 3 AM volví a hacer un recorrido, y noté
una admisión que antes se me pasara por alto en la planilla. Se trataba de un
individuo muy joven, recordaba haberlo visto durmiendo placidamente en la
habitación 311. Tenía en su rostro una expresión de paz y tranquilidad.
Contemplando su carta, comprobé que era necesario conseguir las radiografías
que ya debían estar listas en la planta de rayos X, y además... realizarle un
enema, según las exigencias del médico a cargo del paciente. La perspectiva
ante el trabajo que debía realizar era ya suficiente motivo para alegrarme la
noche. Pero sobre todo, siempre amé a los pacientes que debían realizarse
enemas, eran éstos prácticamente la única razón por la que aún conservaba
el empleo. Entré en la habitación sin hacer ruido, y lo encontré con los ojos
abiertos de par en par. “Hola. Soy su enfermera de noche. Tengo que realizar
unos procedimientos previos a la llegada del medico en la mañana.” El asintió
con la cabeza. “Parece que tendré que aplicarle un enema”. “Así es”,
me respondió tranquilamente. “Enseguida vuelvo” dije saliendo de la
habitación. Fui hasta la base de enfermeras a buscar los elementos necesarios
para el enema. Mi imaginación volaba. Ya podía imaginar cuando le levantara la
ropa de internado, que tan fácil acceso a su trasero permitía. Llené el bolso
con la solución jabonosa previamente calentada, lo colgué del gancho y escogí
una manguera. Preferí llevar varias pipetas porque aún no me decidía a cual
escogería para este paciente. Volví a la habitación y le indiqué que lo
mejor sería practicarle el enema en el cuarto de baño. El se levantó de la
cama y pude notar una erección sobre la tela de su delantal, mientras yo le
explicaba el procedimiento que realizaríamos y montaba el equipo. Uní la tubería
y la afiancé con la abrazadera, instalando la extremidad mas pequeña
disponible. Sentía que su respiración se aceleraba, y me dije que sería
debido a su malestar... hasta que noté que por debajo de la tela de su
pijama... ¡se estaba tocando la polla!
Mis ojos vacilaron por un momento, pero de inmediato recuperé el
profesionalismo y proseguí con las explicaciones. Buena cosa era que al menos estuviéramos
solos en el cuarto, pero de todas maneras prefería llevármelo al baño, no
fuera que la situación pasara a mayores y alguna enfermera entrara desprevenida
a la habitación. Le indiqué que me siguiera al cuarto de baño, y notaba como
me miraba con deseo, desnudándome con la vista.
Le invité a que ingresara en la bañera, asegurándole que era el procedimiento
habitual y que yo había hecho esto cientos de veces, al tiempo que ultimaba los
detalles con el instrumental. Le pedí que estuviera parado en la tina, reclinándose
sobre la barandilla, exponiendo sus nalgas. Coloqué el poste detrás de mí,
asiendo la manguera. Saqué el paquete del lubricante para hacer la inserción más
fácil. Le pedí que pasara una mano por detrás de la espalda y separara él
mismo sus nalgas. Cuando lo hizo, pude ver su ano completamente descubierto, y
alcancé a ver sus testículos colgando, mas no su polla, debido a la erección
que él tenía y por lo tanto esta quedaba oculta bajo la tela de su pijama.
Puse el lubricante en mi dedo medio y comencé suavemente a aplicarlo a su ano.
Cerciorándome de cubrirlo todo, yo soñaba despierta mirando la expresión en
su cara, veía que sin dudas lo estaba disfrutando. Su erección elevaba una
carpa por su pijama, y se notaba que el muchacho poseía sin dudas un buen
instrumento... “hummmm —pensaba yo— creo que esto lo vamos a disfrutar los
dos”.
Dejé de darle masajes
en el ano, y disimuladamente deslicé mi dedo dentro de su culo. Su reacción no
se hizo esperar, y fue la que suponía: un pequeño y ahogado gemido de placer.
Subió sus caderas, buscando mas profundidad en la penetración, y poniendo su
culo aún mas al descubierto. Dejándome llevar por lo lujurioso de la situación,
puse mi pie en el borde de la bañadera, enseñándole mi ropa interior blanca
de encaje. Mientras él observaba con atención mis movimientos, yo no dejaba de
mover mi dedo en su interior. Sin interrumpir el mete y saca que había
comenzado en su ano, le pregunté si estaba listo. Entre gemidos me dijo que sí.
Saqué mi dedo de su
culo, y tomé la manguera. Lentamente apoyé la pipeta en su orificio anal, y
haciéndola girar hacia un lado y hacia el otro, se la introduje al menos cuatro
centímetros, a lo que respondió con un nuevo gemido. Estaba gozando como loco.
Dió vuelta su cabeza y dirigió su mirada hacia mi entrepierna, estiró su mano
y me acarició por encima de las bragas. Introduje aún un poco mas la pipeta en
su culo, y aflojando la abrazadera, el liquido caliente comenzó a bajar por la
manguera. El cerró los ojos y comenzó a masturbarse nuevamente.
“No te masturbes”
le dije. El me miró suplicante, sin duda el placer era máximo para él, y
necesitaba descargar su leche. Esperamos unos minutos a que el agua terminara de
bajar hasta su vientre. Le quité con cuidado la pipeta del culo. Hice a un lado
mis bragas y mostrándole mi coño le ordené que lo chupara. Se inclinó un
poco, tanto como su vientre cargado de agua jabonosa se lo permitía, y comenzó
a lamerle el clítoris al tiempo que metía un dedo en mi empapado y peludo
conejo. Fue cuestión de dos o tres minutos para que me hiciera llegar a un
orgasmo intenso.
Luego de eso se sentó
en el retrete. Sin dudas ya no podía aguantar por mas tiempo el líquido en su
vientre. Yo me arrodillé enfrente suyo y de un bocado me metí su polla en mi
boca, succionándosela como se lo merecía, al tiempo que comenzó a
descargarse. Derramó su leche en mi boca rápidamente, antes de terminar de
evacuar sus intestinos. Luego lo ayudé a limpiarse.
Le
coloqué un pijama nuevo y lo acosté en su cama. Estaba débil y sonriente. Me
incliné sobre él y lo besé en la naríz. Luego apagué la luz y me marché
satisfecha, alegrándome de que aún este paciente debía permanecer internado
por lo menos dos semanas más.