Con veinte años era una
mujer de los más casta y pura. Virgen, por supuesto
Con
veinte años era una mujer de lo más casta y pura. Virgen, por supuesto.
Educada desde muy niña en los más severos principios religiosos por una madre
excesivamente autoritaria que nunca permitía que me concediera las más mínimas
libertades, velando en todo momento por mí.
Una noche mi madre se puso mucho más enferma, por lo que tuve que pedirle al
doctor que viniera a nuestra casa. A pesar de conocer al buen hombre desde hacía
muchos años esta es la primera vez que nos visitaba, por lo que su sorpresa al
verme en camisón fue mayúscula. Yo, acostumbrada a usarlo sin nada debajo, no
podía saber que el bambolear de mis pesados senos bajo el fino tejido, o la
claridad con que se transparentaban mis gruesos pezones y el oscuro pubis,
pudieran ser de interés para nadie. Cuando acabó de atender a mi madre, y
mientras le preparaba una infusión de té, el avispado doctor sacó a relucir hábilmente
el tema de las enfermedades, metiéndome tanto miedo acerca del cáncer de mama
que accedí a ir al día siguiente a su consulta privada para someterme a un
reconocimiento ginecológico completo, ya que éste sería el primero de mi
vida.
Yo había oído comentar algo de las revisiones periódicas de mamas y ginecologías,
pero no sabía casi nada del tema. Por lo que aquella tarde, cuando me vi
obligada a tumbarme desnuda en la camilla, cubierta tan solo por una especie de
raro camisón, me sentí indefensa. La confianza que tenía en el buen médico,
y su simpática conversación, fueron alejando mis inquietudes.
Aun así, cuando empezó a palpar mis senos, me sentí la mar de extraña. No
dejaba de repetirme a mí misma que era una tonta, y que eso lo hacían miles de
mujeres a diario, pero sus hábiles dedos, deslizándose por mi inmaculada piel
me ponían muy nerviosa.
Además, por ser la primera vez el doctor me palpaba con mucho cuidado,
explorando centímetro a centímetro mis senos desnudos. Mi respiración se
convirtió en entrecortado jadeo cuando sus dedos se centraron en los gruesos
pezones, pues como los tengo muy sensibles ya estaban rígidos como piedras
antes de que empezara a revisarlos. Estaba tan llena de nuevas sensaciones que
creí que era normal que el doctor pellizcara suavemente mis fresones entre sus
hábiles dedos, o que apretara dulcemente mis agradecidas mamas con ambas manos
durante largos y maravillosos minutos.
Tanto es así que cuando dejo de hacerlo estuve tentada de suplicarle que
continuara. Estaba tan turbada por mi reacción que coloqué los pies en los
estribos bajo sus ordenes sin pensar realmente en lo que hacía. Cuando quise
reaccionar el buen doctor ya había desaparecido, oculto por el camisón de mi
vista. Pero pronto empecé a sentir sus dedos hurgando en mi virginidad. Tuve
que aferrarme a la camilla y morderme los labios para que no escuchara los
gemidos que pugnaban por surgir de mi garganta cada vez que rozaba una zona de
mi húmeda cavidad. Porque podía oír claramente el chapoteo que producían sus
dedos al introducirse una y otra vez en mi interior. El rítmico penetrar me
estaba volviendo loca de placer, logrando que mis caderas se menearan cada vez
mas en un alocado vaivén. Cuando ya creía que el gozo me iba a matar el hábil
doctor pellizcó alguna parte de mi sedosa cavidad logrando que me invadiera un
fuerte orgasmo, el primero de mi vida, que me hizo rugir de placer.
Luego, mientras me recuperaba del mismo, avergonzada como pocas veces había
estado en mi vida, sentí como algo húmedo y cálido se deslizaba suavemente
por mi abertura, produciendo nuevos espasmos de placer. Aunque sospechaba lo que
me había hecho no terminaba de creérmelo, por lo que mientras me vestía no
podía dejar de pensar en que algo extraño y maravilloso me había pasado.
Esa noche no pude pegar ojo, pasaban por mi mente las mas irreales y
calenturientas fantasías, haciendo que mi cuerpo ardiera de ganas y deseo como
hacia muchísimos años que no me pasaba.
Una semana después, tras un almuerzo bastante frugal y de una ducha
interminable me sentí lo suficientemente relajada como para regresar a la
consulta del doctor.
Éste, como la vez anterior, me obligó a desnudarme y tumbarme en la camilla,
con la excusa de que algunas pruebas no le habían terminado de convencer. Y,
para mi vergüenza, la multitud de chupetones y moratones que empezaban a
aflorar en mi nívea piel parecían darle la razón. Por ello no me extraño
nada que los examinara a conciencia, sobre todo los pezones, que además de su
tono violáceo por las succiones interminables, volvían a estar rígidos debido
a las hábiles caricias del doctor.
Mi respiración pronto se hizo agitada mientras me empezaban a llegar olas de
placer. Placer que se hizo insoportable cuando después de un largo rato de
inspeccionar mis pechos empezó a hurgar en mi sensible intimidad, amparado de
nuevo por mi camisón de enferma, mientras mis pies empezaban a temblar en los
estribos, anunciándome el orgasmo inminente que iba a tener si sus dedos seguían
pellizcando mi sensible clítoris.
Por eso, cuando le vi levantarse, estuve a punto de suplicarle que continuase
con su exploración. Pero no me dio tiempo, pues enseguida noté algo rígido y
cálido apoyado en la entrada de mi cuevecita. Enseguida el duro ariete arremetió
contra mi virginidad, rasgándola dolorosamente mientras el médico se aferraba
a mis generosas caderas para facilitar el empuje del buen doctor.
Aun no había incrustado el esforzado medico ni la mitad de su enorme apéndice
cuando me sobrevino el primer orgasmo. Tan fuerte y violento que casi lo expulso
fuera de mi interior debido a los fuertes espasmos de placer. Como quiera que el
doctor sabia hacer bien su trabajo los aprovechó para incrustarse a fondo, llenándome
por completo con su ardiente humanidad.
Me cabalgó frenéticamente, estrujando mis agradecidos senos un buen rato,
logrando así que alcanzara dos nuevos orgasmos, el último coincidiendo con el
suyo, tan cálido y abundante que creí que me saldría semen hasta por las
orejas. Al final se desmoronó sobre mi cuerpo, chupándome los agradecidos
pezones como un bebe satisfecho antes de dejarme vestir y salir... después de
darme una nueva cita.