Un mocetón,
de piel oscura y gran fé, peregrina por España en busca del Grial.
O quizá de
la buena suerte que le lleva a la casa de un médico investigador
y a terminar
en un convento de monjas muy "devotas"...
La verdad
es que ser negro en la Europa blanca y dedicarse a las peregrinaciones es una
tarea cuando menos un tanto ingrata, pues no siempre es bien visto que un negro
ande vagando por los caminos en busca del Santo Grial.
En una de mis diversas
peregrinaciones por la España castellana, alguien me habló de una antiquísima
peregrinación iniciática, cuya principal menester era llegar hasta el lugar
donde reposaban el prepucio de Santo Cojonancio y el clítoris de Santa Frígida...,
ambas reliquias de un alto poder curativo, que además tenían como primicia y
premio, que los peregrinos que lograban llegar hasta éstos santos lugares tenían
el cielo y la posada ganada por cuanto tiempo lo desearan, pues así de
comprensibles eran las reverendas madres que custodiaban tan preciosas
reliquias.
Pues como lo que me
faltaba, no era tanto ganarme el cielo como ganarme un descanso en buena posada,
me encaminé para buscar esos santos lugares de peregrinación erótico-iniciáticos...
que parecen ser estaban en la inmensidad de los bosques denominados como
Aquianos Batuecos.
Me puse a la tarea un
frío día de Enero, crucé gélidos páramos castellanos para luego virar al
oeste e internarme durante semanas en los hondos valles del norte y por entre húmedos
bosques, pasé semanas pasando por misérrimos pueblos donde a veces conseguía
un mendrugo de pan, un poco de sopa, y de muy vez en cuando una caricia de algún
alma caritativa que a veces se traslucía en un "dulce transporte" con
alguna autóctona, por ver si eso de que los negros eran humanos y la tenían
tan gorda como contaban algunos cronicones. Es más, viendo que el interés de
comprobar longitud y grosor estaba tan generalizado entre doctos y plebeyos, no
dudé en exacerbar tan peculiar interés para ganarme unos duros enseñando la
polla en pro de la ciencia, pues como digo parecía muy generalizado entre
cirujanos y clérigos comprobar tales designios de la naturaleza.
De cómo un negro colaboró
en pro de la investigación científica.
En el pueblo de la
Almejafronda, quiso que tras la inmensa tempestad que estaba cayendo, viniera en
mi auxilio un rubicundo médico de la zona, con la propuesta de que a cambio de
ayudarle en sus estudios sobre "patologías e inmensidad de los órganos
genitales animales y humanos" recibiría cama en su casa y alguna que otra
moneda. Sin otra alternativa para pasar tan inclemente tempestad, acepté pues
el encargo y allí me dirigí tras el sexagenario cirujano.
Presentome a su mujer,
una fuertota de unos cuarenta años, colorada y de ojos picarones que casi
se le saltan al verme, supuse que por mi estatura de casi dos metros y por
negritud, luego supe que ella sopesaba de otra forma al personal. Diome pues de
cenar en aquella su cocina, y empeñose secarme las ropas y parte del cuerpo,
para que cómodamente pudiera trabajar con su marido aquella noche. Ya en esos
preliminares la tal doctora consorte, ya hizo sus cálculos, mediciones y
planes...
Me metí en el amplio
estudio del cirujano, que pronto mandó me quitase ya las pocas ropas que me
quedaban y le enseñase el trabuco, sentose pues delante de mí con instrumentos
de visión y medición, cogió con experta mano y delicadeza mi polla y comenzó
su medición: 20 centímetros de longitud, 3,5 de diámetro, midió la capacidad
cúbica de mi cebollón que ahora no recuerdo y con una respetuosa solicitud para
otras maniobras, procedió a darle unas lamidas para saber su sabor y salinidad,
entre el calor del estudio, y las maniobras del doctor, y para mí que tras
algunas rendijas muy bien disimuladas en una pared del fondo, la señora de la
casa, debía estar también haciendo sus cábalas, la cosa se estaba poniendo al
rojo vivo. No se alarme dijo el doctor si me quito las ropas y hago crecer dan
dichoso aparato pues necesito saber cuanto es capaz de crecer tal órgano. Lo
cierto es que yo no las tenía todas conmigo y mi polla crecía, pero no en toda
su dimensión, lo cual enardeció más aún al doctor que se empeñaba en los
masajes y lengüeteos, y más cuando entre sobe y sobe le fui contando la activa
vida sexual de la tribu batusi y su relación con los afables monos bonobos que
parecían adorar tan excelentes longitudes, más la viejas hembras ya casi nada
solicitadas por los clanes de machos.
Siguió el doctor
apuntando en su libreta todo el historial que le refería, más el mío
personal, familiar, relaciones, experiencias sexuales, etc. Llegados a este
punto y viendo que el instrumento no crecía y que aún había pruebas que
realizar, consultóme con sumo respeto la posible participación de un ayudante
para poder concluir con algunas pruebas necesarias. Y así entró en la habitación
la oronda mujer del doctor, tras unos ligeros cuchicheos entre ellos, pronto
esta se quedó sin la parte de arriba, de la cual brotaron unas inmensas tetas,
que se pusieron a trabajar mi nabo en continuo frote, la presencia del doctor y
la falta de lubricante, hicieron que pronto el doctor también medio en pelota,
y con un nabo rosado de proporciones menos dignas descargó su esencia en medio
de aquellas orondeces, dejando una pátina por la cual mi polla resbaló a las
mil maravillas, llegando en los primeros deslices a tener una dimensión más
que aceptable, tal es así que le llegaba a la altura de la boca de la mujer,
que dejaba primero escapar unos pequeños salivazos, para luego ir a medida de
que mi polla crecía y lengüeteando la cabeza de la polla a base de avariciosas
lamidas.
El doctor mientras
realizaba tan científicas pruebas, según palpaba nalgas, medía músculos y
sopesaba mi negros cojones, ordenándome abrirme de piernas. Acabados estos
estudios, tenía según él, la duda de si podría haber apareamiento en toda su
dimensión entre una blanca y un negro, de cara a saber si ambas especies podrían
relacionarse un día, extrañome tal circunstancia y conjetura, pues bien sabido
era el tema de los mestizajes, pero como avecinaba un buen polvo, me hice el
ignorante negro y le seguí la corriente, pidió a su amabilísima mujer su
cooperación en forma de chupeteos primero a su polla, según él para
estimularme mentalmente, y luego a la mía, donde fue comprobando milimétricamente
la cantidad de polla que su mujer era capas de sorber y también de poner en
acción todo mi resorte.
Debía hacerlo muy bien
pues mi pollón a punto estuvo de escupir, cosa que no se me logró gracias al apretujón de huevos del doctor, que fue mano de santo; la polla con aquellos
lengüeteos y mordisquitos llegó a los treinta y ocho centímetros y a unos 10
cm de grosor, en aquellas condiciones ordenó pues el doctor a su dispuesta
ayudante que se pusiera sobre el largo caballete, muy apropiado en cuanto a
alturas y disposición, pegóse a la almeja de su señora y tras unos sonoros
sorbeteos que la pusieron a tono, indicóme pues la labor, realizando por su
parte las labores de palanganero al llevarme el pollón hasta la rojiza almeja
de su mujer, que abrió como girasol frente al sol, recibiendo cuanto le fui
prudentemente metiendo, manejaba con astucia mis huevos y lubricaba con su pulgar
el inmenso clítoris de su mujer, de tal forma que a base de escarceos, empujes
y demás pronto me vi engullido por la real almeja de la señora ayudante, que
deliraba de gusto y de ayes. No parecía de todo contento el doctor, pues según
él las generosas nalgas de la mujer impedían saber si la longitud total del
nabo, podría ser asumida por su ayudante.
Cierto es que en mi
dilatada vida de peregrino nunca hembra blanca alguna se había tragado tanto
pedazo y con aquella prontitud, aunque también es cierto que no siempre me
encontré con tanta ayuda y colaboración.
Invitonos pues a pasar
a su alcoba y allí mandó a su mujer de espalda al colchón y levantando sus
piernas hasta pasarlas por encima de su cabeza, de suerte que entre sus
rodillas quedara el rostro de la paciente investigadora, mandome pues
arrodillarme ante el bello espectáculo de un negro ojete que se abría a cada
momento y unos rosadísimos labios de almeja que pedían polla a tutiplén,
apartó pelos el doctor y mandome que ayudara a mantener tan rara postura a
Belinda, que así se llamaba, y así fue como él mismo ayudó en el encaje del
bestial carajo en aquella ansiosa higa, que abrió y escupió cuanto pudo tras
los diversos estertores y respingos que pareció sufrir la buena señora. En
esas faenas estaba, cuando noté que mis nalgas eran entreabiertas y untadas con
un viscoso líquido que quemaba mi ojete, pedí pues entre la inmensa corrida
que ya me venía, que el doctor calmase tan frenético picor y así lo hizo metiéndome
su pinganillo en el resquemoso ojete, nos corrimos todos a la vez abundantemente
por mí parte como era natural en mí y más tras una copiosa abstinencia,
aunque el doctor pronto abandonó su posición pues tenía que realizar las
siguientes comprobaciones, estado de recuperación del coño de su mujer, si éste quedaba en tal estado o recuperaba forma, color y tamaño, gusto de mi
semen, cantidad restante tras una buena sesión de pajoteos.
¿Sabe que puede
agrandar su pene usando sólo unos simples ejercicios y técnicas?
Todo lo que necesita son sólo unos pocos minutos al día y los
resultados son permanentes. Puede parecer difícil de creer, pero
funciona. Este método es 100% Natural, sin Bombas de vacío, Píldoras
o aparatos mágicos, y por supuesto sin Cirugía. Algunos hombres han
experimentado aumentos de hasta 10 cm.! Lo mejor de todo es que la
mayoría de ellos obtienen resultados dentro de las primeras 2 ó 3
semanas.
La estancia en la casa
no fue muy larga, apenas si duró un par de días más, luego algo me dieron de
beber, y sólo sentí que entraban gentes y susurros y gemidos..., aparecí tras
un largo letargo en un desconocido bosque con mis ropas, unos cuantas perras
gordas, y una abultada mochila de viandas y el cuerpo como si hubiera pasado por
él medio pueblo, pues el pinganillo estaba rojo amoratado, y me dolía que era
un primor.
El peregrino encuentra
su Santo Grial.
Como digo, llevaba
semanas perdido por el inmenso bosque sin ver a nadie en medio de aquella niebla
y con un permanente tañir de campanillas, aunque el mes de abril ya estaba muy
adelantado, el frío, el cansancio de mi peregrinaje y cierta locura hicieron
presa en mi cuerpo y mente, y junto a un viejo castaño me dejé ir muriendo
poco a poco, cuando ya creí estar en manos de la "flaca", sentí que
alguien envolvía mi cuerpo en calientes mantas, cuando desperté creí estar en
mi vieja Beenguela, tierra de los Bonobos, porque una inmensa figura se
inclinaba sobre mí sintiendo que mis huevos eran tanteados, medidos y pesados,
como alguna vez habían hechos los monos Bonono cuando a falta de hembra a la
que follarse, nos íbamos a la selva y nos hacíamos los dormidos para que las
viejas hembras bonobo se acuclillasen ante nosotros y nos sorbieran el condumio
del cipote.
Conseguí pues abrir
los ojos y encontré sobre mí la inmensa figura de un hombre de bobalicona
sonrisa y que por medio de gestos y gestos me indicaba que me llevaría a otro
lugar mejor, que no merecía la pena morir con tan buena planta y disposición y
más siendo cristiano...
Y así fue como me vi
despertando en un viejo jergón en una apartada casucha, allá en los límites
de una inmensa huerta; donde empecé a los pocos días a trabajar, más tarde
pasados los días me enteré que era la huerta del Convento de San Cojonancio y
Santa Frígida. A lo lejos veía de vez en cuando, a las monjitas en sus
diversos paseos monacales, que cada vez eran más próximos y atrevidos en las
distancias y en las miradas que nos echaban las dulces siervas del Señor, que a
buen seguro que con sus incisivos ojos sopesaban nuestras más nobles
disponibilidades.
Por señas mi anfitrión,
que era sordomudo, me fue indicando que pronto le relevaría de sus pesada
carga, que ya se le hacía muy pesada y monótona, pues el gallinero lo tenía
muy conocido y sopesado. Ya me veía yo como el gran hortelano del convento y mi
futuro resuelto, evitando así el eterno peregrinar.
De esta forma me vi
trabajando en la huerta de sol a sol, mientras mi anfitrión de vez en cuando me
dejaba solo ante tanta tarea, sin que yo supiera a dónde iba en esos tiempos
muertos que se tomaba. Ya muy intrigado entre tanto perderse de las tareas, me
propuse saber cuales eran sus ocupaciones.
Aquella mañana, muy
cercana ya la hora de la comida, estaban las monjitas en su diario retozo
matutino dispersas por el campo adyacente, cuando el sordomudo se ausentó de
sus tareas, sin mucha excusa; una vez le vi alejarse hacía los viejos galpones
del caballar, dejé mis tareas y me propuse seguirle para saber a que dedicaba
tales momentos de asueto.
Dejé pasar los minutos
y observé por entre el tablizo del cobertizo, al sordomudo arrodillado sobre la
peluda grupa de una monja, y con un rubicundo culo lleno de pelos, estaba el
sordomudo sorbiendo de aquel manantial divino que tenía la monjita por chocho y
que con tanto fervor sorbía el hortelano de las monjitas.
Tras la primera faena
de limpieza de bajos, la rechoncha monja se subió los refajos hasta el mismo
cogote, dejando unas redondas y bien formadas tetas, que enseguida empezó a
frotar y lamer el hábil sordomudo, no tardó éste en poner a la monjita
hincada de rodillas rezando el enorme rosario de bolas de ébano, mientras bajo
la grupa de la susodicha algo trajinaba, pues entre los retazos del hábito y de
los calzones apenas si podía observar nada, cuando la freila se encomendó al
santo Cojonancio por el suplicio que iba a sufrir, sacó el sordomudo de la
faltriquera un buen badajo, que tras darles con el unos refriegues y toletazos a
la monja en la espalda, lubricó a base de escupitajos tan buen bastón, a la
vez que con el resto de la ensalivada se la pasó por la entrepierna a la monja
que dio todo aquella maniobra un respingo de placer.
Seguía pues la freila
encomendándose de rodillas a sus santos patronos, cuando sintió el morcillazo
del sordomudo, unos cuantos vaivenes de polla, a la vez que le rasgaba la
espalda con el cilicio a la monja y le tiraba del enorme rosario hacía atrás,
era todo el trajín que el sordomudo se traía con la superiora del Convento,
eso sí, sin mucho énfasis, pese a los requerimientos de más ardor en el
suplicio que le pedía la ardorosa freila.
En pleno rifirrafe, por
la falta de aplicación del disminuido, éste me debió ver por el rabillo del
ojo y llamó mi atención con el dedo para que sigilosamente me acercara hasta
el lugar de la coyunta, echó aún más si cabe los hábitos de la monja sobre
su cabeza dejando la grupa y su espalda al descubierto, del rojo chocho iba
sacando las enormes bolas del rosario, que previamente le había ido insertando
en los continuos vaivenes místicos en los cuales la religiosa se iba
encomendando ante tanta tortura, y esa era la explicación ante tanto trajín
bajo los refajos de la monja. Sacó pues su exhausto badajo y tras darle unas
refriegas en la espalda, me emplazó para que le sustituyera, la pobre religiosa
con todo el refajo por encima, no sabía lo que se le venía encima, de hecho
tras sacarle todas las bolas, dios sabe cuántas le cogían a la real hembra
dentro, el sordomudo tras agacharse y darle unas buenas lamidas al chocho se
refociló en lengüetearle el ojete a capricho, mientras a mi desabotonaba la
faltriquera y alternando en lamidas al chocho y a mi instrumento, el experto
jodedor me puso el cantimpalo en buena forma.
Una vez toda las
herramientas en su punto, el hereje sordomudo, metió como pudo alguna bola de
ébano en el culo de la monja, resistiéndose ésta cuanto pudo aunque yo a
indicaciones de mi maestro la había cogido en volandas para que no descubriese
el engaño, cuando ya la monja porfiaba y boqueaba, no sé si por dolor o por
placer nos fuimos los dos a tierra, me abrí de piernas y volví a ponerla de
rodillas ya con la frente pegada al suelo, el sordomudo seguía lamiendo y
metiendo bolas como puños en el ojete de la revenda madre, y cuando ya la cosa
estaba para romper, sentí que me tiraban del nabo y entraba en una cálida
mazmorra, que hacía meses que no cataba. La sensación fue tan deliciosa, verse
allí cobijado, entrando y metiendo cuanta herramienta quise, la monja en cuanto
sintió el manubrio ensalivado dejóse hacer, pero cuando vio y sintió que
aquello no tenía fin, se resistía a tan honda tortura y se retorcía la
condenada, no sabiendo yo si lo que quería era abandonar la cabalgada o que aún
le metiera el resto que aún era importante e imponente dado mi estado de
ansiedad.
Debió ser esto último,
pues se paró en seco, dándose cuenta del engaño, que una cosa era que al
jardinero le hubiera venido el fervor de folleteo, pero otra cosa muy distinta
era que la herramienta le hubiera crecido. Echó pues la mano por debajo la mística
y tomóme las pelotas ya de buen tamaño, éstas al verse amasadas, sopesadas y
sintiendo que un peligroso dedo rondaba mi esfínter, abrime cuanto pude y deje
salir el pus del placer a borbotones entre los rizos del chocho y de mis cojones,
a la vez que tiraba del santo rosario y los aullidos de la freila, pronto fueron
oídos por otras reverendas que al punto se presentaron.
Creí que nos molerían
con los palos que traían en las manos, pero al ver tanto camafeo con relicario
pringoso, se lanzaron al festín, y aunque la edad de las sores, no era para
muchos ardores, no por eso dejaron de lamer y embadurnarse con los pringues de mi
pollón y del manantial de su santa y sacrificada reverenda.
El sordomudo tuvo un
trato especial con respecto a su edad y estado, pues una de las freilas,
cogiendo una ciruela la iban masticando a la vez que se la iba dando a buchitos
en propia boca al disminuido, entreteniéndose en el procedimiento y enroque de
lenguas y labios, en otros momentos dejaba la pérfida religiosa caer unas gotas
de la ciruela por entre las tetas ya alicaídas, pues los hábitos hacían ya
minutos que habían ido por los aires al igual que sus años, a toda vez que el
muy cabrón del sordomudo, dejaba que la otra religiosa le mamara a modo de
biberón de chupeta el bandurrio, cuestión que debía ser grata puesto que la
moza no tenía dientes y mostraba una sonrosada encía muy propicia para los
mandados del chupeteo.
Yo ya descargado casi
al completo, me relajé al tenor de los sobeteos de la priora que no dejaba que
nadie se acercara a mi instrumento, y que atesoraba como propio, tan intensos
fueron sus trabajos de medir longitud y latitud, que de nuevo me vino la fuerza
al bandurrio que dio dos saltitos y se vio enterrado de nuevo entre las nalgas
de la exigente madre abadesa, que apretaba cuanto podía mis nalgas para dar
cumplida cabalgada de mi badajo en su culo, el cual no tardó entre pedos y
chupeteos del entrenado ojete en dispensarse un remojón con lo que me podía
quedar dentro.
Y así fue como de
negro peregrino, heredé trabajo y harén, lejos de mi patria y del mundo
entero, pues casi nunca vi llegar gentes a estas apartadas tierras, donde las
libertinas madres pronto dieron festín y producto, siendo hoy la alegría del
huerto una serie de retoños de todo color y pelaje que alegran las largas
tardes de las madres y reverendas señoras de San Cojonancio y Santa Frígida.
Autor:
Abelardo de Leyre aleyre[arroba]latinmail.com