La esposa de mi primo me
dijo un día que me veía mal...
La esposa
de mi primo me dijo un día que me veía mal, decaída, sin la alegría que
siempre me acompañaba y me sugirió ver al médico que ella iba porque seguro
que sería la solución para todos mis males.
Me dijo que era
especialista "en señoras" y que trataba a las pacientes como si fuera
psicoanalista, escuchando los problemas que le llevaban y orientándolas hacia
la mejor forma de solucionarlos. Que era algo especial, como
"milagroso".
Ella ya hacía un
tiempo que iba y estaba muy contenta, tanto que le brillaban los ojos cuando
hablaba de él y me convenció. Realmente andaba mal, no me llevaba bien con mi
esposo, discutíamos por cualquier pavada y teníamos en consecuencia relaciones
muy esporádicas justo yo que disfruto mucho del sexo y cuando me falta me pongo
mal, muy nerviosa.
Tenía cada vez más
trabajo por mi profesión y por el estado en que me encontraba me costaba
concentrarme, lo que me traía un montón de dolores de cabeza, acrecentando de
ese modo mi situación de decaimiento.
Llegado el día de
asistir al médico tomé un baño de inmersión con sales aromáticas (algo que
casi nunca hacía) como si fuera a tener una cita especial. Como pensé que se
trataba de un ginecólogo y una tiene que quedarse casi desnuda delante de él
elegí una ropa interior sugestiva, con encajes y transparencias no pensando que
podía resultar algo atrevida para ir a un médico que no conocía.
Como era el último
turno el que había conseguido, la enfermera me hizo pasar y le pidió permiso
al doctor para retirarse, a lo que éste accedió, quedándonos los dos solos en
el consultorio. No me preocupé por ello porque no era la primera vez que me
ocurría eso con un médico, al que generalmente por mis horarios de trabajo
concurría a última hora.
El doctor, de
aproximadamente 50 años, rubio y de estatura mediana tenía buen físico y era
muy simpático y conversador. Me invitó a sentarme y me preguntó por la última
fecha de mi examen ginecológico, mi edad, estado civil, hijos y cómo fueron
los partos. Me hizo pasar detrás del biombo y me indicó que me desvistiera,
acordándome ahí que no había traído la enagua característica que se usa en
estos casos al tener que quitarme el corpiño y la bombacha.
Como ya me había
sacado el vestido me asomé en ropa interior y le dije si podía permanecer de
ese modo porque había omitido traer la prenda para cubrirme. Me miró algo
perturbado (se nota que lo sorprendió que le apareciera así vestida) y luego
me alcanzó una especie de toalla de tela para que me cubriera al sacarme esas
prendas y me invitó a subir a la balanza para pesarme. Luego anotó el dato en
la ficha que venía confeccionando y me dijo que me recostara en la camilla.
Por encima de la toalla
me auscultó y me tomó la presión. Escribió también esos datos y me acomodó
la cabeza sobre un cojín especial que tenía al tiempo que me preguntaba si
estaba cómoda. Le contesté que sí aunque en realidad estaba algo nerviosa sin
saber por qué. Sería tal vez la dulzura con que me hablaba que me producía
esa sensación o el hecho de estar casi desnuda delante de un extraño.
Me pidió que le
contara cómo era la actividad sexual que llevaba a cabo con mi marido, como
frecuencias semanales, posiciones, si tenía o no orgasmos, si me masturbaba, si
me gustaba practicar sexo oral, etc., lo que me causó extrañeza ya que nunca
me habían interrogado así pero respondí con soltura sin omitir detalles
aunque sonrojándome en algunas respuestas. No le dije que actualmente mi esposo
casi no me tocaba ya que me pareció que no correspondía.
Además me preguntó
por mis problemas en general y a raíz de todo lo que le conté, el doctor me
insinuó que el principal culpable de todos mis males era mi esposo porque yo
asumía responsabilidades que le correspondían a él y de ahí mi estado de ánimo
porque no daba abasto a realizar todo. Que no podía estar trabajando tanto,
profesionalmente y en el hogar, cuando en realidad el que tenía que moverse era
él, buscando más clientes y solucionando muchos de los problemas de la casa
por ser el hombre.
Entonces fue que me
atreví y le comente que, últimamente no tenía ninguna satisfacción sexual
porque él no quería, lo que me ponía muy mal ya que siempre había sido muy
activa. El doctor me dijo que tenía que hacer algo para salir de ese pozo
porque después sería demasiado tarde y que mi marido no se merecía tener al
lado a una mujer como yo, tan trabajadora, hermosa y sensual. Parecía que me
estaba seduciendo y valorándome como mujer como hacía rato no lo hacían.
Acto seguido y
cambiando de tema, el doctor se recordó que no me había tomado el pulso y
sosteniéndome la mano extendió mi brazo que, casualmente, ubicó cerca de su
entrepierna. Casi le rozo los genitales.
¿Sabe que puede
agrandar su pene usando sólo unos simples ejercicios y técnicas?
Todo lo que necesita son sólo unos pocos minutos al día y los
resultados son permanentes. Puede parecer difícil de creer, pero
funciona. Este método es 100% Natural, sin Bombas de vacío, Píldoras
o aparatos mágicos, y por supuesto sin Cirugía. Algunos hombres han
experimentado aumentos de hasta 10 cm.! Lo mejor de todo es que la
mayoría de ellos obtienen resultados dentro de las primeras 2 ó 3
semanas.
Me volvió a preguntar
si estaba tranquila y al consentir con la cabeza me indicó que colocara las
piernas sobre los estribos de la camilla quedando de ese modo con las piernas
totalmente abiertas como en cualquier examen ginecológico. Se ubicó frente a mí
y corrió la tela que apenas me cubría para poder revisarme. El doctor se calzó
los guantes y me introdujo los dedos, lo que me causó un sensación especial.
Los sentía cada vez más adentro, como si los estuviera girando en su interior.
Parecía que quería masturbarme y empecé a sentir placer.
Como tenía los ojos
cerrados, imaginaba cosas y no podía creer lo que me estaba pasando. Nunca una
revisión de este tipo me había resultado tan placentera. Me puse muy nerviosa
e inconscientemente moví el cuerpo. Era como el principio del goce que se
intensificaba, por lo que le pregunté si faltaba mucho.
El doctor me preguntó
si tenía dolor, si me molestaba y sin pensarlo le respondí que no, que todo lo
contrario. Fue la frase clave. Me miró sonriente, dejó su mano ahí y se acercó
a mí descubriéndome los pechos. Ya tenía los pezones duros y erguidos. Como
estaba tan cerca mi mano le rozó el pene y pude notar que ya estaba erecto.
Mientras sus dedos continuaban moviéndose dentro de mi vagina humedecida, él
se desabrochó el guardapolvo y se acercó aún más. Estaba tan excitada que me
resultaba tentador tocarle el miembro pero me contuve esperando que él tomase
la iniciativa.
Así lo hizo. Me tomó
mano y la depositó sobre su bulto. Se acercó más y cuando comenzó a rozar
sus labios sobre mis pechos, abrí los ojos y no obstante el buen momento que
estaba pasando le pregunté que era lo que pretendía hacer. El selló mis
labios con un beso y ahí sí perdí el control y le tomé la verga, que él ya
había sacado fuera del pantalón y se la empecé a acariciar en movimientos
masturbatorios. El doctor también excitado por la situación y supuestamente
por lo que le había contado me acercó la pija a la boca y me la fue poniendo
poco a poco.
Comencé a mamársela
suavemente (me daba algo de vergüenza lo que estaba haciendo pero me gustaba) y
él a bombear como si quisiera cogerme por la boca como si se tratara de la
concha mientras sus dedos entraban y salían sin cesar de mi vagina. Estaba tan
excitada que tuve un orgasmo y no pude evitar que se me escapara un grito de
placer y dejé caer la cabeza hacia atrás. El miembro del doctor se me salió
de la boca y un chorro de semen me salpicó la cara y el pelo.
Extenuada y muy feliz
quedé recostada sobre la camilla y comprendí el motivo del brillo de los ojos
de la esposa de mi primo y el cambio de su carácter últimamente. Cuando me
retiraba pensé que el doctor en la próxima sesión me cogería y no me
disgustaba la idea. Tomé un taxi y me fui contenta para casa. No importaba que
pasara con su marido.