Un círculo rojo rodeando una
fecha. Por un instante pensó: “Puedo ir otro día, no es tan importante”,
pero sólo era engañarse a sí misma. Conseguir una cita con un buen médico
privado, de confianza y profesional, era casi tan complicado como
conseguirla con un buen técnico de cualquier tipo; perder la cita le haría
perder otros 3 o 4 meses, y debía hacerlo.
Irene es una chica de 25 años. Su
pelo, largo hasta la mitad de la espalda, es oscuro, pero se oculta tras unas
mechas de tinte rubio; no es absolutamente lacio, pero la sensación de
acariciarlo con una mano sería próxima a la de acariciar seda. Muchos la
desecharían de inmediato por sus magníficos y grandes pechos, otros la deseamos
con locura; unos pechos que sobresalen ligeramente de unas manos normales.
Dice que no está conforme con sus
medidas (próximas a la de cualquier garota brasileira disfrutando del sol de
Río), así que no deja pasar un día sin usar el gimnasio: bicicleta, steper,
cinta… ejercicios aeróbicos que moldean su cuerpo, lo contornean aun más. Ni qué
decir tiene que es una de las chicas más observada en cualquiera de las
máquinas. Pero no sólo es por su cuerpo sino por sus tremendos ojos marrones, su
permanente sonrisa, perfilada por sus labios carnosos, y por un pequeño toque de
confianza y benevolencia para con casi todo el mundo, por lo que cualquiera se
siente tentado por esa fruta madura y jugosa. Y ojo con el que se confíe por su
cándida apariencia, porque tiene un genio (para todo) importante.
A pesar de la vagancia, se sentía
obligada a cumplir la cita. El reloj de la mesilla, con sus enormes dígitos
rojos, marca las 10:05; ella tiene vez a las 11:30, tiempo de sobra para tomar
una ducha relajante y despejar esa pesadumbre del sueño de una noche acalorada
de agosto.
Separa el edredón nórdico que tapa su cuerpo y, levantándose de la cama, se
sienta en el borde para dar un pequeño estirón general. Medio dormida, se da
cuenta de que uno de los tirantes de su camisón negro de seda se desliza sobre
su hombro, dejando al aire los pliegues principales de su pecho derecho; el
borde delantero del camisón se sujeta sobre su pezón, que está ligeramente duro
por la excitación mañanera. “Vaya”, piensa. “Ya de mañana y mi cuerpo arranca
sin mí”.
Se levanta de la cama, y levanta al
mismo tiempo aquel traidor tirante sin dejar de notar un cosquilleo ardiente a
través de su columna vertebral. Tropieza con una de sus zapatillas blancas, pero
no consigue adivinar dónde dejó su pareja; supone que está debajo de la cama,
así que se arrodilla en el suelo y, levantando los bajos del edredón, tumba su
torso y se afana con todas las cosas que hay allí debajo. Su camisón es algo
corto para su talla, cosa que no se nota mucho si está de pie, pero no en
aquella postura tan provocativa: los bajos acarician su redondeado trasero, la
tela se desliza sobre su vello erizándolo al tacto de la seda y se va colocando
un poquito más en pompa… y otro poquito más… y la recompensa, si hubiese un
vouyeur en aquella habitación, sería descubrir que Irene tiene entre su
repertorio de braguitas… ¡un tanga blanco!, con perfiles de encaje, cuya parte
posterior antes cubría la rajita de su culo pero, en la búsqueda de aquella
pareja de sus zapatillas, ahora se va ocultando en ella, se va metiendo más y
más cada vez que alarga el brazo palpando los bajos de la cama. La figura que se
puede observar sería la de la rajita de su perfecto culito abierta ligeramente,
con una piel suave y blanca, sus nalgas alzadas sobres sus pies, en pompa, y su
cabeza casi completamente agachada en el suelo, bajo el colchón. Si tal vouyeur
existiese, no hubiese podido reprimir la necesidad de comprobar qué jugoso
hubiese sido comerse su agujerito trasero, de arrancarle aquel tanga con los
dientes.
Pero todo volvió a la normalidad una
vez encontrada la ansiada zapatilla. ¿O no?. Los pezones clamaban su liberación,
arañando la vaporosa tela y dándole la forma de un pitón duro y suculento. Así
que dirigió su mano derecha hacia la teta de su mismo lado, y acariciándose
suavemente por la parte inferior, se la cogió en la mano y la alzó de su
posición natural, al tiempo que deslizó 2 de sus dedos para poder pellizcarse
ligeramente. Sus terminaciones nerviosas se pusieron a funcionar de inmediato, y
recibió un estímulo de placer en su cerebro muy prolongado, por lo que se llevó
la otra mano a su otra teta… e hizo lo mismo. Una de ellas escapó al control de
la tela de su camisón, y sobresalió su pezón… y no dudó un momento en acercarlo
a la boca… y sacar la lengua para probar qué caliente estaba.
Caminó con paso perezoso hasta el
cuarto de baño, una habitación contigua de estrechas dimensiones. Entrando a la
derecha, la pileta; a la izquierda unas estanterías de las más baratas para
algunos libros y revistas y algunos utensilios; al fondo, la bañera y sus
cortinas de plástico casi transparentes. Por el camino, se va desprendiendo de
toda la ropa. Se asoma a la bañera al posar los pies sobre la alfombrilla de
color blanco con flequillos, y abre el paso del agua a través del teléfono de la
ducha para dejar que se vaya calentando. Se estiró un par de veces… y su piel se
tensó. Levantó los pies hasta quedarse de puntillas, y sus brazos se elevaron lo
máximo posible, mientras pegaba un bostezo de campeonato. Su culito se fue
elevando poco a poco, y sus tetas apuntaron al techo. Cuando terminó, y sus pies
volvieron a posarse en el suelo, sus tetas pegaron esos botes tan sugerentes que
tanto gustan a los chicos, al igual que su culo.
Supone que el agua está caliente,
pero lo comprueba, como hacemos todos… así que estira su torso por encima del
límite de la bañera… uno de sus pezones tropieza sobre la porcelana fría, se
agita, se pone aun más duro… le gusta. Sus estupendas y grandiosas tetas apuntan
al fondo de la bañera, al suelo, y su mano derecha recoge el agua que está
saliendo del grifo. Sus rodillas están apoyadas en el borde y su culito se pone
en pompa de nuevo… se abre un poco… su rajita muestra la entrada a su culito,
pidiendo que lo dominen, que lo hagan entrar en juego, que lo usen, que lo
acaricien, que lo laman y le hagan sentir el placer más intenso que jamás su
dueña había experimentado. Lástima que no estés ahí…
El agua está en su punto. Irene pasa
una pierna y luego otra sobre el borde, y se mete dentro. Recoge del suelo el
teléfono de la ducha y lo coloca en el aplique de la pared, posado, para que el
chorro de agua humeante golpee sin su ayuda su cuerpo. Cierra los ojos. Se
imagina que aun está en sueños, y deja que el líquido abrace su cuerpo, que la
caliente aun más, que corra sobre su piel y se escurra dentro de los pliegues de
su pelo, de sus manos, de sus pechos, de su entrepierna y mejor aun… de su
rajita.
Las manos se movían solas; fue un
impulso que nació casi al meterse en la bañera, y como 2 manos de un extraño,
recorrían su propio cuerpo “ayudando” al agua. Primero fue su cuello: es un
sitio inocente en el que apretaba un poco para aliviar las tensiones de una
noche de trabajo ininterrumpido sentada frente al ordenador. Una mano… luego las
2. Después se abrazó sobre los hombros, y se escurrió sobre los brazos,
posándose en las caderas. Eran firmes, pero allí nació el primer pensamiento
negativo de la mañana: “Dios… aun estoy fofa”. No duró mucho, porque el placer
estaba llamando a su cuerpo y ella no lo rechaza. Subió sus manos sobre su torso
para cerciorarse de que su cuerpo aun seguía encendido, y así era: sus tetas
estaban duras, muy duras. Las notaba un poco más grandes de lo normal, casi
imperceptible para cualquiera que no fuese ella, pero sabía porqué era; y sus
pezones, ligeramente oscuros, rosados, con 2 lunares en uno de ellos,
hinchaditos y sobresaliendo ligeramente sobre el contorno de la piel… Sus dedos
se engarzaban sobre ellos, se enroscaban como una serpiente, con el mismo
movimiento sensual. Las yemas rodearon los laterales, apretaron y soltaron…
estiraron un poco, y de su boca nació una exhalación, parecida a un gemido muy
suave acompañado del vaho caliente que el interior de su cuerpo estaba
produciendo.
Y entonces surgió el animal que
llevaba dentro. Cogió sus manos, las abrió y haciendo como que no se lo
esperaba, se agarró las tetas y las apretó firmemente, haciendo círculos suaves,
sin dejar de pellizcar los pezones. Movía las piernas, una contra la otra. El
agua ayudaba: las gotas golpeaban partes de su cuerpo que necesitaban ser
estimuladas, como sus orejas, sus labios, sus pechos… su rajita… Las manos
fueron a ella pero… ¡oh!. “Esto no puede ser así”, se regañó.
Abrió ligeramente la cortina del
baño, y extendió su brazo sobre una de las estanterías, a la desesperada, porque
no recordaba dónde había puesto lo que quería. Botes de crema hidratante,
cajitas de abalorios, las cubiertas de un libro, el bote nuevo de gel y… ¡AH!...
ahí estaba: la maquinilla.
Abrió los ojos, separó ligeramente
las piernas y dejó expuestos los labios de aquel sexo mojado por la ducha, y
húmedo por su excitación. Hoy tocaría poner de nuevo esa jugosa almejita en su
estado natural: depilado, liso, suave y casi aterciopelado. Así que agachó la
cabeza, miró directamente a su “secreto” y puso su mano izquierda sobre su
cintura, por encima de éste y estirando un poco hacia arriba, para poder
calcular y ver perfectamente qué hacía.
Deslizaba la cuchilla suavemente
sobre su piel, y ayudada con el agua. Primero empezó por los laterales, los
lados más próximos a las piernas, para ir enfocando hacia el centro. No sabía si
haría lo de siempre (sin nada), o le dejaría una forma a aquel vello negro
oscuro y rizado; algo como una línea delgada, o un rectángulo… o quizás una
forma triangular sugerente. Sí, eso podría ser… como señalando cuál es la
entrada a su secreto, y dónde está el último de los puntos de deleite (al menos
el último que debía ser profanado -Irene es chica de preliminares-). Cortando y
cortando, terminó con lo que deseaba. La visión la puso caliente de sí misma.
Tiró sin más la cuchilla al suelo, acariciando suavemente con su dedo corazón
muy por encima de su rajita, a lo largo de todo el dibujo que sus labios
realizaban al plegarse al interior de su cavernita… a lo largo de aquel centro
nervioso de placer. ¡Dios, cómo la estaba poniendo!. La respiración se había
empezado a hacer más rápida, súbitamente entrecortada cuando pasaba por algún
punto más estimulante y eso GOLPEABA su líbido.
Su sexo empezó a hablar, a exhalar
néctar del mismo interior de su cavernita. Aquello no podía ser agua de la
ducha, porque no sólo estaba más caliente, si no que al rozar sus dedos, al
frotar y acariciarse se quedaba pegado a ellos… Y cuando se los llevó a la
altura de su nariz, cuando abrió la boca despacio, metió sus dedos en ella y
cerró de golpe para chuparlos con esmero, como un niño que está terminando
desesperado su helado, no hubo duda. Algo saladito, pegajoso, pero con un sabor
de sexo increíblemente excitante.
De nuevo abrió los ojos (siempre lo
hace para las cosas puntuales), y sólo para encontrar el bote de gel de ducha.
Apretó un poco y dejó derramarse un poco en una de sus manos. Lo dejó en su
sitio y lo repartió en las 2. Las posó en su culito; se puso mirando a la pared.
Y aplicó lo derramado sobre aquella zona: desde la parte inferior hasta la
cintura. Lo interesante venía cuando, apoyándose a ambos lados de la rajita de
ese trasero de campeonato, separaba un poco las nalgas y dejaba colarse una de
sus manos. Enjabonaba todo su culito con esmero y muy despacio… pero siempre
había tiempo para usar uno de sus dedos en su ano. “Ummmmm, qué rico se siente”,
se relamía Irene.
El dedo untado en aquel gel fresco y
cremoso, no podía más que querer entrar. Y eso que era una de las pocas veces
que se sentía tan excitada como para abrirse su culito y meter su dedo dentro de
aquel agujerito tan apretado, o como para que alguien pudiese meterle la polla
dentro y sentir cómo la partían a la mitad. También hubiese sido un buen momento
para que alguien lo hubiese hecho. Así que costaba que entrase. Su dedito
encontraba cierta resistencia, pero… poco a poco, despacio… y relajándose por su
excitación, olvidando que era un sitio casi virgen para ella, fue entrando. La
puntita tardó unos minutos pero luego el resto fue casi solo.
“Ouuff… ummmm… me gustaaaa… me aprieta pero me gusta, ¿le gustará a él que lo
haga así?”.
Apoyó la mano restante en la pared,
y puso su culo en pompa, ofreciéndoselo a alguien imaginario que estuviese
mirando del otro lado de la cortina. Miró hacia atrás. Las gotas de agua se
acumulaban como goterones en los bordes de sus labios carnosos, que ahora
estaban separados, y ella… con la lengua fuera. Como una perra sedienta que lame
las gotas de una tormenta. No controlaba sus más primarios instintos y se dejaba
guiar por el placer… pero no sólo el suyo si no el que le provocaría a aquella
persona.
En sus pensamientos, tal y como lo
hacía en la realidad, gemía con chillidos espectaculares. Apretaba los ojos muy
fuerte, dejando que las sensaciones la invadiesen. El dedo había entrado
perfectamente en su culito hasta casi el final y había estado trabajándose a
Irene por un buen rato. Pero finalmente aquella mano era necesaria para coger,
con mucha ansiedad, con desesperación y casi arrancándolo, el teléfono de la
ducha. Se giró en la ducha; se incorporó y apoyó su espalda en la pared. Seguía
exhibiéndose a su vouyeur imaginario, a alguien que parecía haberle pedido…
ordenado que hiciese eso para él.
Giró el mando de presión, y la ducha
se puso más firme, más fuerte; de ella salía un chorro de agua duro que apuntó
directamente a su rajita. Su otra mano la dedicó a su clítoris. Éste estaba
hinchadito, sobresaliendo muy poco a la superficie, y es que los labios de Irene
son dignos de chupar como un manjar de dioses: blanditos, suaves, con mucho
néctar… Se acariciaba en círculos, y el chorro de agua, de la fuerza que tenía,
separaba incluso sus labios, se metía en el interior de su cuerpo, de su
cavernita… “¿Y por qué no?”, se preguntó. Dejó el teléfono muy pegado a la
entrada. Siempre le excitó eso, es casi uno de los rituales que tiene cuando se
levanta y se encuentra así de caliente.
Los espasmos le estaban
sobreviniendo. Notaba tensos los pezones de sus tetas, los notaba a punto de
estallar, y eso la excitaba aun más. Las piernas se le tensaron, su ano se cerró
a la espera de lo que llegaba… de lo que estaba llegando. Apretó con los dientes
el labio inferior de su boca, para soltarlo de inmediato abriéndola en forma de
O y gimiendo al ritmo de cada espasmo de su corrida.
- Ooooh… aaaaaaaaaah…. oooh…
oooooooooooh….
Sus dedos se llenaron de sus
fluidos. Aun se estaba corriendo cuando se los llevó de nuevo a la boca y los
chupó como chuparía la lefa de una buena corrida, como lo había hecho siempre.
Como si chupase el chocolate de una tableta.
- ¿Te gustaaaaaa…?- le dijo a su
mirón imaginario, mientras abría la boca, sacaba la lengua y, pegándola contra
su mentón, pasaba los dedos empapados en su corrida con lentitud.
Se sentía realmente una zorra en
celo, caliente, húmeda… de hecho, no podía distinguir si era el agua el que
corría lentamente por el interior de sus muslos, o eran sus jugos resbalando.
Por su espina dorsal aún había destellos de su gran orgasmo, como rayos de una
tormenta.
Pero la alarma del móvil la situó de
nuevo en escena. “¡Mierda! No tengo que distraerme, porque llego tarde”.
El médico la esperaba… y eso será el
próximo relato.